lunes, 5 de mayo de 2014

La ladrona de palabras

Siempre me he preguntado por qué Antonio Muñoz Molina nos dedica tanto tiempo escribiendo en su blog. Es un escritor consagrado, con muchos lectores fieles que no necesita mimar. Espero que, si no lo sabe, no se ponga a recapacitar un día de estos y llegue a la conclusión que no necesita regalarnos más ese pedacito de su tiempo, porque echaría mucho de menos leer casi a diario sus pensamientos y también echaría en falta a casi todas las personas que son asiduos a ese blog. 

La mayoría son muy cultos, muy leídos, conocedores de músicas increíbles y de películas que ni imaginaba habían sido rodadas. Todos son educados, atentos, cariñosos y poco a poco, a medida que van dejando comentarios, con inevitables referencias personales, nos vamos conociendo y descubriendo la idiosincrasia de quien, involuntariamente, la deja entrever. De vez en cuando nos topamos con algún troll, que no deja de ser como un crío pequeño con una rabieta exigiendo atención, aunque demasiado a menudo, por las mentiras que sueltan, molestan al escritor. 

Sin contar a los trolls, entre los asiduos, hay un ser extraño que se aparta bastante del resto. Cuando comenzó a entrar, de inmediato me llamó la atención porque donde los demás cuidan hasta el extremo su gramática y ortografía, a ella no le importaba soltar burradas como ceboya u orguyo. Si alguien se lo hacía notar, ponía excusas peregrinas como que su teclado tenía las letras borradas o estaba escribiendo con las uñas recién pintadas. (Yo siempre he pensado que es dislexica porque de cuantos libros asegura haber leído, no parece haber sacado mucho aprovechamiento; pero una vez se lo pregunté y se ofendió). 

Resultaba cómica en un principio, hasta que comenzó a sentirse perseguida y menospreciada y a exigir a todos un respeto que ella, Dumi, nunca ha demostrado a los demás. Me llamaba mucho la atención la forma de ser de esta señora (antes, por su forma de ser, creía que era muy jovencita, pero al parecer dejó la adolescencia hace mucho). Siendo tan aficionada a los dramas, imaginé que Dumi había pasado por un trauma grave en Internet, un timo económico o un noviazgo irreal, que le hacía desconfiar de todos. Pero ahora, mientras buscaba sus comentarios perdidos en el ciberespacio, al verlos aunados, uno detrás del otro, sintiéndose en casi todos ellos víctima de una persecución bloguera y de una antipatía generalizada; me doy cuenta que no es muy diferente a esos cachorrillos traviesos que te mordisquean los cordones de las zapatillas para que los acaricies. En realidad sólo está exigiendo atención. 

Tiene blog. Entré en él para averiguar qué ha permitido que la vida haya pasado sin endurecerla (todos aprendemos que no somos el centro del universo en cuanto entramos en la guardería y nos topamos con una docena de princesitas más guapas, más listas, menos problemáticas que nosotras); pero sólo es una recopilación de artículos robados a periódicos digitales. 

Resulta enternecedor que se sienta ofendida porque un grupo de extraños en un blog no le presten la atención que parece necesitar. Qué vida más cómoda y cerrada debe de tener. Hace un rato, a media noche, vi a uno de los indigentes que duermen en los huecos que hay en el antiguo puente de la Acequia Gorda, arrastrando un colchó mugriento hacia su guarida. En el macabro marcador del canal YTN informan que de los 302 muertos del Sewol, aún hay 39 desaparecidos... 

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