martes, 1 de noviembre de 2011

Nicho cerrado por ausencia del difunto

He tenido que volver esta noche desde Barcelona porque no había quién pudiera poner flores en el nicho de mi padre. Menudo disgusto tenía mi madre. Mi cuñada se había comprometido a hacerlo este año, pero ha cogido un resfriado que la ha dejado KO. Y mis hermanos son demasiado supersticiosos. No entrarán ni siquiera muertos en un cementerio (todos tenemos planeado la incineración). Así que tuve que volver precipitadamente desde Barcelona, antes de tiempo. Y lo peor es que el cuerpo de mi padre no está ahí. Lo tiene mi madre en su casa, en su dormitorio, sobre el sinfonier donde guarda las sábanas y ropa blanca. Cuando mi padre falleció en 1988 aún no había horno crematorio, sólo después de transcurrir 15 años, le permitieron sacar el cuerpo e incinerarlo, pero para entonces ya tenía comprado el nicho por 99 años, así que dejó la lápida (ahí meteremos a una de mis cuñadas que no quieren ser incineradas, es lo dice mi madre cuando se le pregunta por la permanencia de ese nicho sin uso). Entre tanto todos los años le ponemos (le pongo, en realidad) flores de tela y plástico, que, aunque las compro de buena calidad, terminan perdiendo el color a las pocas semanas y convirtiéndose en rastros patéticos de cariño pautado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada