miércoles, 9 de noviembre de 2011

El rastro de los muertos

La inercia de estar vivos hace que cuando morimos, dejamos tras de nosotros un rastro que a veces tarda décadas en desaparecer. Marco Sinocelli este año ha hecho el 6º puesto en el campeonato de GP, aunque murió una carrera antes de concluirse. Mi madre, que siempre ha tenido mucha dificultad con los nombres y apellidos extranjeros, incluso con los nacionales (a mi padre siempre lo llamó por el apellido porque le resultaba complicado pronunciar su nombre) lo había rebautizado con el mote de "Escarola". Mi madre, que nunca se puso luto por mi padre, le estuvo llorando durante diez interminables años. Mis hermanos siempre la intentaron proteger y escondían o hacían desaparecer todo lo que lo recordara. A pesar de ello, siempre quedó rastro, hasta hoy día lo hay, y no solo por los libros y discos que heredé de él: las medallas, los diplomas de los ascensos, los títulos enmarcados de algunos cursos importantes que hizo... un cenicero de bronce del Real Madrid; incluso, para mi sorpresa, aún conservan una caja de zapatos llena de cartas que mi padre recibió de su madre (es extraño hurgar entre la correspondencia de dos personas ya muertas). Por un par de cartas nunca acabadas de escribir, sé que mi padre trataba de usted a mi abuela. Arcaico y rígido. Culpa, sin duda, del ambiente militar en el que se crió. Son tan secas y severas las cartas de mi abuela, que me pregunto cómo fue posible que mi padre nos demostrara ni siquiera un ápice de cariño. 


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