viernes, 11 de noviembre de 2011

Cuento de invierno

En 1987 era obligatorio que todos los hombres mayores de edad, sanos y sin unos padres suficientemente influyentes, sirvieran a su patria durante un año. En 1987 Martín Camposanto tenía 20 años, y aunque hubiera podido pedir una prórroga por los estudios, la perspectiva de salir de casa con un padre que agonizaba y se moría día a día, con una madre depresiva y tres hermanos más pequeños capaces de recolgarse de su cuello hasta producirle la asfixia, era demasiado tentadora como para rechazarla. Pero Martín no contaba con las buenas intenciones de quienes se consideraban amigos de su padre. Debería haber servido en el Ejercito de Tierra, en Cerro Muriano (Córdoba) y terminó haciéndolo en el Ejército de Aire, a 100 metros de su casa y bajo la estricta mirada de sus vecinos. No habían podido, o querido, librarlo de la mili, pero sí cambiar su destino, algo que lamentó durante tres meses y cinco días (¿por qué no le habían preguntado antes de intervenir?). 

De los reclutas se ocupaba el Sargento Primera Bocanegra. Las familias Bocanegra y Camposanto siempre habían estado enfrentadas, y aunque estas rencillas entre familias vecinas se suelen perder en los anales de la historia, en este caso conocían con toda precisión cuándo y por qué se había producido. Día de Loreto, patrona del Ejército del Aire, Manuel Bocanegra, único hijo de la familia Bocanegra, cinco años; Martín, tres años. Carrera de triciclos. Cuando Manuel pasó por la meta tras Martín, se tuvo que enfrentar a un claro y sonoro "A tomar por culo". Aquellas palabras infantiles y miméticas fueron tomadas como una grave afrenta por el Sargento Primera Bocanegra, acusó a los padres de habérselas enseñado, y ofuscado por su frustración, incluso amenazó con denunciarlos y exigir que le quitaran la patria potestad de Martín. Noches de insomnio por miedos irracionales, temor a que cualquier juez pejiguero o error burocrático convirtiera en realidad la amenaza del sargento. No hubo perdón en décadas.

La enemistad había sido distante y civilizada, hasta que Martín quedó bajo las órdenes del Sargento Primera; en ese momento la palabra "putear" cobró significado. El único propósito que parecía tener el Sargento Primera durante las largas jornadas de adiestramiento a los reclutas, era fastidiar a Martín, o intentar que se agotara o hiriera. El mismo día que ocurrieron los acontecimientos que cambió la actitud del Sargento Primera, Martín se había propuesto darle un puñetazo en el estómago con la única intención de ser encerrado en el calabozo. 

Habían salido de maniobras. Aquel era el tercer día que llevaban pateando la montaña, jugando a ser soldados. Aunque Martín era el único que había hecho dos guardias seguidas, y a simple vista no lo pareciera por la cara de amargado que obligaba a contemplar a sus compañeros, podía afirmarse que sólo él había salido indemne de aquellos días: sin las dolorosas rozaduras de las botas, ni los sabañones por culpa del frío de diciembre, ni retortijones de estómago debido a una alimentación deficiente y mala. El rancho se reducía a una porquería untosa de color marrón que apestaba a medicina y cuya única cosa buena era el sabor: no tenía. 


Cualquier suboficial menos hijo de puta que el Sargento Primera Bocanegra, habría pedido diez kilómetros atrás un transporte para que los bajara hasta los barracones. Algunos estaban bastante tocados, como Toño Santamaría, más conocido por Moledecarne o Trozohamburguesa. El mal tiempo había hecho estragos en él, tal vez por tener más superficie que dañar. Sabañones hasta en la punta de la nariz, los pies destrozados por utilizar una botas del 48 cuando su talla era la 51 y una diarrea intermitente que le hacía correr fuera del camino cada vez con más frecuencia. Lo mismo hubiera dado que defecara en la posición que le pillaba el retortijón porque aquel terreno era pizarroso, de lascas disgregadas, donde ni siquiera germinaban los jaramagos en verano. Cuando ya divisaban a los lejos los edificios del Destacamento, todos pudieron escuchar la erupción que salía de las entrañas de Santamaría, pero nadie lo vio correr ni bajarse los pantalones. Seguía en la retaguardia del pelotón, con las piernas separadas y una expresión de aflicción en el rostro que delataba lo ocurrido. "Sargento, Santamaría se ha cagado en los pantalones", gritó alguien. Información superflua porque todos lo habían sabido en el mismo momento que se produjo el acto. 


Todos, menos el Sargento y Toño bajarían hasta el Destacamento, ellos dos iban a esperar a que Martín volviera a buscarlos con un Land Robert, en una caseta de vigilancia que sólo se ocupaba cuando llegaban los trenes cargados de armamento caducado para su destrucción y que estaba a pocos metros de donde ocurrió el accidente de Toño. El Sargento Primera le daba una hora a Martín, lo que significaba, en realidad, que lo iba a putear doblemente: por tener que regresar cuando los demás podrían ducharse, comer, entrar en calor, descansar... y por el castigo que le impondría: prácticamente imposible satisfacerlo, al menos si seguía el ritmo de los demás, pero a Martín aún le quedaban bastante fuerzas, y corrió, deslizándose como un patinador por el terreno pizarroso, saltó alambradas e ignoró el tortuoso zigzag del camino. Tres cuartos de hora más tarde, cuando comenzaban a caer copos de nieve tan gruesos como abejorros, que se estrellaban contra el parabrisas del todo terreno, Martín estaba plantado ante la ventana de la caseta de vigilancia, comprendiendo por qué las palabras de un niño había fastidiado tanto a un adulto. No delató su presencia. No dijo nada aún. Regresaron en silencio. Sólo cuando Bocanegra quiso que Martín lavara el todo terreno antes de marcharse al pabellón con el resto de sus compañeros, susurró: "Os he visto. Fastidiame una sola vez más y voy con el cuento a tu Manolito. Y consigue que él no me toque los huevos, o se va a enterar de la diversión de tu papi"


El resto de la mili fue mucho más cómoda para Martín. Nunca cumplió su amenaza. Ni siquiera cuando Manolo disparó con una escopetilla de plomos a la gata de Martín, dejándola tuerta. 

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