viernes, 28 de octubre de 2016

Nadie lo busca

Cuando llega esta hora, las siete y pico de la tarde, y en el estudio, aunque luminoso, es necesario comenzar a encender luces, siento una desagradable sensación de soledad y opresión. Son más de 50.00 m², pero es como si las paredes se acercaran más cada vez que levanto la vista, y el techo estuviera a punto de colapsar. Siento la necesidad de salir fuera. Estos últimos días, en los que Guille no está, siempre ceno en los bares de los alrededores. No soy del tipo de persona que le molesta comer sola y rodeada de gente. También he vuelto a salir a correr de noche. Mi vecina del segundo me ve cuando vuelvo, porque tiene un horario de monja de clausura: ya se ha levantado cuando yo aún no he pensado en irme a dormir. Si te ocurre algo, tú te lo habrás buscado, me advierte. Soy boba y al principio creo que se refiere a torcerme el tobillo por culpa de las sombras con las que la luz artificial camufla los socavones. Comprendo el sentido real de su comentario cuando paso junto a un grupo de chavales y uno, utilizando un lenguaje soez, azuzado por su grupo y el alcohol, me pide a gritos, mientras me persigue unos pocos metros, que le haga una felación. 

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