domingo, 16 de octubre de 2016

De otro color

Las apariencias importan. En un par de ocasiones me he topado con problemas para recoger la documentación de los juzgados por ir con la ropa de la obra. Teniendo en cuenta que en la obra es muy fácil pringarse con cemento, grasa, pintura o mil productos más que no salen aún después de mil lavados, es comprensible que siempre utilice vaqueros ajados y camisetas a punto de caducar. En una de las ocasiones, la jueza, al verme parada en el umbral de su puerta, me prejuzgó. Creyó que había ido a visitarla para interceder por algún preso. Me soltó una interminable diatriba de palabras apelotonadas en las que no me dejó meter baza, ni hizo caso a mi mano levantada que le pedía la palabra. Si a mí, que iba vestida como una zarrapastrosa, me trató como a una delincuente; me pregunto si, en contrapartida, a un delincuente que va vestido de bonito (arreglado) lo tratará con respeto. Desde  entonces siempre llevo en el coche uno de esos vestidos que no se arrugan y unos tacones, por si las moscas. 

Pero, ¿qué ocurre cuando no te puedes desprender de eso que para algunos te convierte en un ser inferior? La ayuda de una doctora estadounidense fue rechaza por una azafata porque no creía que fuera médica por ser negra. 

Me temo que todavía queda un largo e interminable camino para llegar a la igualdad universal. 

Espero que Obama no se encuentre con esa azafata en cuanto deje de viajar en el air force one. 








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