jueves, 13 de octubre de 2016

El durmiente

Mi nuevo vecino ronca. Está roncando en este mismo momento. Sus ronquidos son como el estertor de un motor a punto de gripar. Son tan ruidosos que la vecina del tercero se ha asomado a la ventana de la cocina y ha chistado, pero el hombre duerme profundamente y si el propio ruido que emite no lo espabila, menos un murmullo a  muchos metros de sus tímpanos. 

Si nada lo molesta, seguirá así hasta las siete y media de la mañana; al menos eso es lo que ha ocurrido desde el día que llegó, hace una semana y media ya. Sólo el domingo despertó más tarde. 

Otros durmientes a los que he escuchado roncar, tienen treguas, intervalos de silencio y de estruendo. Mi vecino no, él comienza pocos minutos pasada la media noche y hasta la mañana su espiración bronca no descansa ni un instante. Debe amanecer con dolor de garganta, como poco. 

Quien no conozca físicamente a mi vecino, pero escuche el jaleo que es capaz de formar, pensará que es un hombre voluminoso, orondo, grande; nada más lejos de la realidad. Parece un personaje enfermizo, un tísico de película romántica: canijo, ojeroso y pálido, más en apariencia que en la realidad porque va con barba de dos o tres días y su pelo es muy oscuro, casi negro. 

¿Le dejará soñar tanto ruido? Como calculo una estructura y necesito tranquilidad, me he puesto los cascos. Amortiguados por las canciones de Sting, sus ronquidos parecen el vaivén de las olas en la playa. ¿Soñará que está junto al mar?

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