miércoles, 12 de octubre de 2016

El insoportable peso de la paja

Mi tía Anita es como la plastilina: blanda y maleable. Cuando ella y mi madre caminan juntas, siempre cogidas del brazo porque mi tía tiende contagiarse de los males ajenos y ahora está convencida que anda mal de las piernas, se les puede escuchar hablar de animales. Si en su paseo se topan con algún perro, siempre hay alguno en su recuerdo con el que poder identificarlo. Vivieron toda la infancia en un cortijo rodeadas de una extraña fauna: vacas, perros, tórtolas, conejos, gallinas, pavos reales, caballos, burros... los animales se convertían en parte de la familia. Las he escuchado relatar más historias de Blanquita, una burra con la que iban a comprar al pueblo, que de mumá Dolores, su abuela, la jefa del cortijo. 

A mi tía Anita no le enseñaron a amar a los animales, lo aprendió sola. Hasta hace unos días mi tía consideraba que el toreo es una barbarie. Ahora no, ahora dice que las corridas de toros han existido siempre y que está bien que continúe habiendo. Creo que teme ser confundida con una antitaurina porque las redes sociales han tenido la facultad de convertir un comentario individual, cruel, ofensivo y desequilibrado en el pensamiento general de todos los antitaurinos y animalistas; al menos, para personas como mi tía Anita. 

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