sábado, 29 de octubre de 2016

La muerte de un desconocido

Mi tío Carles ha muerto. Llevaba 28 años sin verlo. Por aquel entonces le tenía mucho cariño porque era como la versión sana de mi padre: su mismo rostro, su misma constitución antes de caer enfermo, su misma tranquilizadora respiración silenciosa antes de necesitar el oxígeno, su misma risa... Pocos días después del funeral, fue repudiado por mi familia. Me enteré con el tiempo, cuando fue pasando y él no volvió a vernos. Tal vez me contaron la razón de aquel extraño divorcio, pero no me di por enterada y mi imaginación creó muchas alternativas a la realidad, desde que ya no éramos familia a que se había insinuado a mi madre y mis hermanos lo habían echado. La razón fue mucho más prosaica. Se le había pedido que tramitara el cobro de un seguro y se quedó con el dinero para comprarse un coche, prometiendo devolverlo poco a poco, aunque creo que nunca lo hizo. Tan parecidos físicamente y tan diferentes en su idiosincrasia.

Ahora mis primos me mandan fotografías de mi tío para que me convenza que lo ha matado el sobrepeso. Es imposible distinguir los rasgos del hombre que conocí en las imágenes que veo en la pantalla del teléfono. Sus ojos están medio sepultados por la grasa de las mejillas, su nariz afilada se ha convertido en un gigantesco fresón y hasta su sonrisa es irreconocible, llena de tristeza; como arrastrada por la fuerza de la gravedad, por el empuje de la enorme papada que esconde su cuello.

Me gustaría decir algo bueno de mi tío, pero en realidad sólo fue un desconocido. Q, E. P. D.

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