jueves, 29 de enero de 2015

Enclaustrada

Los días nublados y el estar enclaustrada toda una semana me ha permitido tener hoy la sorpresa de descubrir que a las seis y media de la tarde aún se ve la claridad del sol en el cielo. Comienza a evidenciarse que las tardes se prolongan. Un preludio del verano, aún distante. La lluvia de esta noche recuerda que aún faltan algunos meses para que ante un conocido en el ascensor o la cola del supermercado, nos quejemos del calor y del sudor que cae a chorros en lugar de lamentarnos por los sabañones. 

La lluvia es anodina, insulsa, monjil. Cae silenciosa, sin gracia, casi invisible. Para notar su presencia hay que mirarla al contraluz de las farolas. Es como niebla que el viento arrastra hacia la fachada del edificio de enfrente. Le manchará los vidrios de las ventanas a la señora del tercero. Los limpió hoy y todos los días alternos desde que una de mis pocas diversiones es mirar a través de la puerta del balcón (soy muy buena haciendo el doble de James Stewart en La Ventana Indiscreta). Ninguno de mis vecinos es divertido, y menos en invierno que a media tarde ya tienen las cortinas corridas y las persianas bajadas. Pero me entretienen porque me evocan a personas que tenía completamente olvidadas en la memoria. La señora obsesionada con la limpieza es la doble de una vecina que tuvimos en Málaga. Vivía en un chalet justo detrás del nuestro. El pavimento era de gres, bruto, tosco; pero a su casa sólo se podía entrar con patucos que ella misma había hecho con gamuza. Casi siempre pedían comida preparada, para no tener que manchar la cocina y si estábamos en su casa de visita y necesitábamos ir al baño, salíamos corriendo al nuestro porque ella siempre ponía objeciones. 

Sin duda lo suyo era un problema psicológico grave. Colapsó, cayó redonda después de hiperventilar por culpa de un ataque de ansiedad que tuvo cuando al volver de vacaciones descubrió un nido de ratones en el interior de su sofá (sillón en el que dudo que se hubiera sentado alguien alguna vez).


(Tal vez debería comprarme unos prismáticos, o utilizar la mira telescópica de la estación total -un aparato topográfico- de Guille).

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