martes, 3 de febrero de 2015

Sueño

Día de pereza. Hoy toca no hacer nada. Ayer trabajé por tres o cuatro días, aunque no me permitiré tanto descanso. Es divertido no hacer nada; también es divertido cuando el trabajo me absorbe por completo y el tiempo desaparece. Ayer se trataba de reformar un edificio de pisos enormes, de tres o cuatro dormitorios, en estudios. Ya no tienen salida los pisos para familias numerosas. Nadie suele tener tantos hijos, nadie se puede permitir comprar tanto espacio. ¿Cómo tiene que ser vivir en un único habitáculo? Lo desaconsejaría para parejas recientes, sin ninguna intimidad, sin ningún lugar a donde huir ante esos pequeños malentendidos que van desapareciendo sólo con la convivencia. 

Guille quiere que me adapte a sus horas de sueño. Sin haber pegado ojo en toda la noche, ha sido difícil mantenerme despierta a lo largo del día de hoy. Si dormía, volvería a caer en la falta de sincronización. Intentaba leer, y los ojos se me cerraban solos o leía veinte veces una misma frase sin comprender su sentido. Si intentaba ver alguna de esas series que pululan por Internet, el desarrollo de la historia daba saltos llenándola de vacíos, coincidiendo con mis cabezadas. 

Al mediodía llegó mi madre. Guille siempre la trae cuando me ocurre algo. Sólo es el reflejo de sus necesidades. Viene cargada de historias. La crisis, la maldita crisis: mi primo Antonio lleva tres meses sin cobrar. Trabaja de vigilante nocturno en una estación del Ave. Se las apaña de momento, no quiere ayuda, tenía algunos ahorros y va tirando. Mi prima Ana, a la que el marido la dejó para sustituirla por una chica inmadura que conoció en Internet y que le duró tres meses, se ha echado novio. Es abogado. Ya lo consideramos uno de los nuestros. Nos conviene porque tenemos un pequeño lío con una herencia. 

Después de comer fue el momento más complicado para mantener los ojos abiertos. La voz de mi madre se convirtió en susurros porque tiene la convicción que cualquier problema físico se cura durmiendo. Quería que me echara una siesta. En la televisión, que sólo se enciende si hay un partido de fútbol, apareció ese programa interminable que siempre ve, con el sonido muy bajo porque su oído es muy fino. Es como un bucle. Los personajes del programa se insultan, lloran, gritan, se insultan, lloran, gritan... 

Puede que sí me durmiera mientras Guille devolvía a mi madre a su habitad natural, aunque no tengo consciencia de haber despertado, sólo de que su ausencia fue muy corta. 

Ha sido tal el esfuerzo por permanecer despierta durante todo el día que la inercia me impulsa a seguir haciéndolo y mis ojos son como los de un búho en mitad de la noche. Además, el periódico anuncia que hay un 100% de probabilidades de que nieve en Granada esta noche a una cota de 200 metros (nosotros estamos a seiscientos y pico). No puedo dejar de mirar por la ventana.


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