viernes, 27 de febrero de 2015

Adiós, pequeña, adiós

¿Por qué todos nuestros dedos no son del mismo tamaño? Sería mucho más cómodo para los fabricantes de guantes. Este era el razonamiento de mi sobrina con siete u ocho años. No creo que sea un pensamiento extraño para un niño. A esa edad todo lo preguntan, todo lo cuestionan y todo lo creen. Ella misma consiguió una respuesta que le satisfacía: nuestros dedos son como un juego de herramientas, cada una de un tamaño para una utilidad diferente, desde el meñique (para hurgarse la nariz) al pulgar (para poner las huellas dactilares). 

Mucho antes, para la sensación del transcurrir del tiempo en un niño, cuando tenía tres o cuatro años, nos percatamos que si físicamente se parecía más a la familia de mi cuñada, su idiosincrasia era un clon de la nuestra: le tocaba cargar con la preocupación de todo lo que no iba bien a su alrededor. Un día quise bromear, hacer que creyera que confundía a los perros con ratas, si eran muy pequeños; ponis, si eran muy grandes; ovejas, si tenían el pelo blanco y rizado... ella razonaba e intentaba hacerme comprender que estaba equivocada: ¿es que a las ratas se le pone collar y se les saca a la calle? ¿es que no sabes que la caca de las ovejas son como canicas negras? En un poni te puedes subir, pero si te subes en eso lo espachurras... En cuanto llegó a su casa habló con mi hermano para que me llevaran al médico porque me había vuelto loca.

Hoy, festivo para los escolares en Andalucía por caer el día de la autonomía en sábado, ha venido mi sobrina a casa después de algunas semanas de ausencia. Casi 14 años. Ya no depende de nadie para que la lleven o traigan. En su periplo del pueblo a Granada, sólo de vez en cuando arrastra a alguna amiga para matar el aburrimiento de la media hora de viaje. Venía a comprar un regalo para su profesora de inglés que  vuelve a Irlanda. Había disfrazado su adolescencia de adulta con maquillaje. Caminando unos pasos tras ella me he percatado que se ha convertido en una nínfula, una Lolita que atrae las miradas masculinas sin proponérselo. Entristece comprender que ya no existe la niña que un día quiso curarme la locura. 

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