domingo, 11 de enero de 2015

Sobre la soledad

Los dos, o tal vez incluso los tres, últimos libros que he leído tratan sobre la soledad. En Kafa en la orilla se hace mucho hincapié sobre ello en la contraportada del libro. El protagonista, con la madre y hermana ausentes, no se lleva muy bien con su padre al que apenas ve y el mismo día que cumple 15 años, decide escaparse. Incluso tiene un amigo imaginario, llamado Cuervo, para mermar esa soledad que siente. En Desayuno en Tiffany's la soledad no es tan evidente (no informa de ella en la contraportada); pero la protagonista pierde de súbito a casi todos sus amigos cuando se encuentra con problemas reales. Cosa que no le ocurre a Kafka Tamura: cuando sus problemas son más graves es cuando encuentra amigos. 

Cuando Guille no está por aquí, hay días que no hablo con nadie. Casi siempre me percato al pronunciar la primera palabra después del silencio y mi voz suena muy extraña, ronca, como si acabara de despertar o estuviera resfriada. Pero esta soledad no es dolorosa. En realidad no la percibo, no es real. En todo momento tengo a alguien asomado al Skype o mandando mensajes por el Whatsapp. Seguro que si desaparezco, alguien me echará en falta. 

No ocurría lo mismo cuando era una adolescente. A veces, poniéndome melodramática, pienso que si me hubiera pasado algo malo en aquella época, habrían tardado varios días en notar mi ausencia. En una ocasión desperté junto a la piscina de la Base Aérea de Málaga de madrugada. Nos habíamos bañado a última hora de la tarde y yo quise quedarme un rato más para que se me secara el bañador. Me quedé completamente dormida en la tumbona y nadie vino a buscarme. Asustaba un poco volver al bungalow donde veraneábamos porque había que pasar por un pinar no muy espeso, ralo, pero pocos días antes habían proyectado en el cine de verano El Cebo (me impresionó mucho esa película). 


Menuda bronca les eché a mis hermanos. Tardé mucho en perdonarlos. Me tuvieron que cebar con gominolas ácidas y churros con canela y azúcar. Con mi madre era diferente. Si había sido ella quien no se había percatado de mi ausencia, se lo ocultaba para no alterarla. Ahora, y recordando lo que me gustaba estar sola cuando era pequeña -prefería jugar sola en los cobertizos que teníamos en el patio a correr tras mis amigos-, me parece increíble que me enfadara exactamente por lo que me hacía feliz. El tiempo me ha hecho cambiar. Ahora prefiero la compañía, aunque sea virtual, a la soledad. 

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