martes, 13 de agosto de 2013

La cápsula del tiempo

Una o dos veces al año voy a casa de mi madre para limpiar los libros que pertenecieron a mi padre y ahora ocupan estanterías y estanterías en el dormitorio que ella aún me reserva, por si en algún momento siento la necesidad de escapar de donde esté, para que tenga algún lugar a donde ir (también tiene reservados dormitorios para mis hermanos). Limpiar los libros, más que una obligación tediosa, es una invitación a la sorpresa. Siempre encuentro algún tomo que había olvidado que tenía o que la adquisición de nuevos conocimientos ha convertido en algo muy apreciado. 

Soy capaz de reconocer los libros que mi padre leyó sólo por el olor. Sus páginas aún están impregnadas del hedor del tabaco, a pesar de los 25 años transcurridos. Para verificarlo miro en la primera página, en el esquina superior derecha, donde tenía la costumbre de apuntar con lápiz la fecha de inicio y de final de la lectura. He heredado esa costumbre. A veces echo injusta carreras con él o me compunjo al darme cuenta que  libros con los que he disfrutado mucho, él no tuvo tiempo para leerlos. 

Mi padre solía guardar cosas entre las páginas de los libros: recortes de periódico que se desquebrajan al tocarlos; semillas de plantas escondidas en la hoja cuadriculada de un cuaderno, doblada como si fuera un sobre; flores, que la presión y el tiempo han convertido en algo inorgánico y reseco... 

Ayer seleccioné para una próxima lectura José y sus Hermanos de Thomas Mann, otro de los libros que él no tuvo tiempo para disfrutar. Prensadas entre sus páginas encontré unas ramitas verdes con flores blancas. Mi madre lo vio. Recordó que habían pertenecido a su ramo de novia: rosas color champán y una nubecilla de esas flores blancas que nunca supo cómo se llaman. El recuerdo de mi padre aún le llena los ojos de lágrimas.

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