sábado, 10 de agosto de 2013

El azar y la culpa

En la actualidad estoy leyendo Las probabilidades y la vida de Émile Borel. En este libro se afirma que existen probabilidades tan complicadas de cumplirse que se pueden considerar como inexistentes. Un ejemplo: que un ejercito de monos tecleando sin cesar durante día y noche y durante toda su existencia, consiguieran, por azar, reproducir la obra completa de Goethe. 

Es interesante el cálculo de las probabilidades. Se debería tenerse más en cuenta. ¿Cuánto nos cuesta a los contribuyentes mantener el entramado de semáforos en las ciudades? Si no existieran, ¿cuál sería el coste de atropellos y choques entre coches? Tenemos asumido que los semáforos son un sistema de seguridad imprescindible, no sólo para regular el tráfico, principalmente para impedir accidentes, cuya probabilidad sería muy alta sin su existencia. No se suele pedir que se quiten semáforos, al contrario, los ciudadanos piden que pongan en aquellos lugares donde ha habido algún atropello mortal. 

¿Qué probabilidades hay de que un tren descarrile en el tramo más peligroso de una vía? Existen demasiadas variables -imposibles de conseguir en Internet- para dar un resultado ni siquiera aproximado. La que haría disminuir bastante las probabilidades es que la red estuviera protegida por una baliza que regulara la velocidad máxima del tren al paso por ese tramo peligroso. La carencia de ese sistema de seguridad es obligar a los usuarios del ferrocarril a jugar a la ruleta rusa. Ahora culpan del accidente del alta velocidad siniestrado en Santiago a una llamada telefónica del interventor al maquinista. Prometen poner teléfonos inalámbricos en las máquinas y endurecer las pruebas de acceso a los maquinistas. ¿No deberían endurecer también las pruebas de acceso a altos cargos de RENFE? Lo único que parecen hacer muy bien es soslayar el auténtico problema (¿pero cuánto cuestan las balizas de frenado automático y su mantenimiento?) y buscar cabezas de turco. 

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