lunes, 23 de enero de 2017

Vendo el huevo incorrupto de Franco

Cerca de mi casa, en la calle Agustina de Aragón número 14, una mujer mayor se encuentra en un aprieto. 

Algunos vecinos y el administrador de la finca han decidido, sin que lo exija nadie, poner un ascensor con accesibilidad desde la primera planta, amparándose en la ley de eliminación de barreras arquitectónicas. 

La señora mayor tiene un grave problema de claustrofobia, además de movilidad reducida. El nuevo ascensor, por ir encapsulado en un muro de citara, le será inservible. Tendrá que subir y bajar el triple de escalones de los que debe salvar ahora cada vez que va a la calle o regresa a casa. 

La solución que le han dado es que se aguante o pagar la diferencia para la adaptación del ascensor a sus necesidades. 

A la aparejadora que me ha dado a conocer este problema le parece una burrada lo que están haciendo con esta señora; a mí me parece una burrada; a la media docena de compañeros a los que he dado a conocer el problema con la esperanza de que alguno conozca una ley que ampare a la persona realmente con problemas de movilidad reducida, le parece una burrada... pero a nadie más le importa. 

La noticia se ha quedado estancada en cuanto se ha intentado dar a conocer por medio de las redes sociales. Pretendíamos que la mujer, al menos, se sintiera arropada por extraños, ya que sus vecinos de toda la vida, con los que lleva conviviendo más de 20 o 30 años, la han abandonado 

¿Nos estamos convirtiendo en islas capaces de prestar atención sólo a majaderías? 

El huevo incorrupto de Franco

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