sábado, 27 de junio de 2015

El peor castigo

Lo malo de los errores no es cometerlos. Lo malo de los errores es no aprender nada de ellos.

Esta noche hemos celebrado una pequeña fiesta en la terraza de nuestro piso. Algunos amigos de Guille y sus esposas. Cuatro parejas y nosotros, nadie más. Comida de barbacoa y ensaladas en platos de plástico. Mucha bebida. Cerveza y sangría. Y, sobre todo, conversación. Es gente normal. Un informático, tres profesoras, dos parados, un amo de casa y un enfermero. Todos con descendencia. Un hijo por pareja, como si España impusiera las mismas leyes sobre la natalidad que China. 

Suelo estar tan sumergida en mi mundo, limitado al intercambio de opiniones con Guille, mi madre, mis hermanos y primos, que en cuanto emerjo, me asombro por lo que descubro. Una de las parejas que nos acompañaban esta noche, muy dada al deporte y la vida sana, está en contra de la vacunación masiva. Cuando les preguntamos si no tenían miedo de que a su hijo le ocurriera lo mismo que al niño de Olot, nos soltaron una retahíla de datos específicos que fuimos incapaces de rebatirles por desconocimiento. Entre ellos, que en mayo de este año dos bebés murieron después de haber sido vacunados de hepatitis y que el gobierno lo había silenciado porque están conchabados con las farmacéuticas. Cuando se fueron y pude sentarme ante el ordenador, comprobé el dato. Efectivamente, dos bebés murieron tras ser vacunados, pero ocurrió en México y por vacunas que aparentemente estaban en mal estado. Supongo que le resto de información que nos dieron sería semejante a ésta: tergiversaciones de la verdad. 

Tienen mascota. Un perro enorme con cara de malas pulgas y cuya foto enseñan con orgullo como si se tratara de parte de su descendencia. Las vacunas para las mascotas son obligatorias. Me pregunto si también muestran su rebeldía contra el sistema y se niegan a vacunar a  su perro.

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