domingo, 21 de junio de 2015

Como Dios manda

Mi prima Mari Ángeles murió en 2006 por un cáncer de páncreas a los 32 años de edad. La hija que dejó lleva su mismo nombre, pero todos la conocemos como Heidi porque tienes enormes ojos marrones, el pelo corto y sus mejillas siempre están sonrosadas. El único error que mi prima cometió en su vida, fue escoger al hombre que la hizo madre: se desentendió de la niña después de su muerte, a pesar de las promesas que le hizo. La niña ahora, aunque supuestamente es al contrario, se hace cargo de su abuela paterna, una mujer mayor y achacosa. 

Si nos rigiéramos por los baremos morales de la religión católica, que es la que ha tocado en suerte en esta parcela del mundo, serían delitos la envidia, la gula, la pereza, la soberbia... En lugar de jueces necesitaríamos lectores mentales. Por fortuna nuestro código penal se acomoda a la condición laica de nuestra sociedad y se castiga, principalmente, los daños reales a terceros. Tal vez mi prima en algún momento se quedara un rato en la cama después de que tocara su despertador o se inflara a comer pasteles aunque su apetito ya estuviera saciado. De lo que sí estoy segura es que jamás hizo daño real a nadie. Me pregunto, según los criterios del sacerdote Calvo que considera que Los pecadores públicos pueden sufrir enfermedades como castigo divino, a qué achacaría el castigo divino que sufrió mi prima. Tal vez al sólo hecho que fuera mujer. 

En realidad poco importa lo que haya dicho el sacerdote Calvo, un personajillo televisivo cuyo único conocimiento público se debe a las barbaridades y sinsentidos que vomita. Un troll con alzacuellos. Un tío como Dios manda: homófobo, machista, intolerante y retrógrado. Su castigo divino está en vivir en una sociedad que avanza en sentido contrario al de su mentalidad enquistada en el pasado.

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