viernes, 27 de marzo de 2015

Maldito Dios

La pregunta que más recuerdo de mi catecismo de primero es: ¿Eres cristiana? La respuesta correcta era: Soy cristiana por la gracia de Dios. Una suerte haber superado esa asignatura cuando aún no había aprendido a cuestionarme la veracidad de la letra impresa. Muy pocos años después habría contestado con sinceridad: no, en realidad no soy cristiana, y si lo fuera por haber decidido tener alguna religión, sería cristiana por haber nacido en un país donde se practica mayoritariamente esa religión, y por haberla heredado de mis padres al igual que ellos la heredaron de los suyos y mis abuelos de mis bisabuelos... 

Dice mi madre que el mundo se fue haciendo más manso y amable para cobijarme, que mi vida ha sido muy regalada si se compara con la suya. Recuerda su adolescencia en un pueblo tan pequeño que podía considerarse una aldea y donde todos los vecinos se conocían. Los domingos era obligatorio asistir a misa. Su memoria no contiene las consecuencias de incumplir ese precepto pero sí que eran lo suficientemente malas para que nadie se cuestionara hacerlo. Las mujeres eran las más vigiladas. A mi tía Lola no tenían que azuzarla para que asistiera: de pequeña y adolescente fue bastante meapilas, hasta que, después de comerse el arroz antes de tiempo (de haber mantenido relaciones sexuales con su novio) y haber confesado ese pecado, el cura, aunque no directamente, pero sí con el sermón y el dedo acusador, hizo comprender a todos los vecinos del pueblo los actos impuros cometidos por mi tía. Ahora recuerda con una sonrisa lo que vivió con un mar de lágrimas. Esto ocurrió hace medio siglo. Chocaría que hoy día la religión interviniera tan profundamente en la vida de una persona, al menos, en este rincón del mundo. 

Farkhunda criticó a un clérigo de Kabul por vender amuletos a las personas más pobres y crédulas de su ciudad. ¿La reacción de semejante hijo de puta? Acusar a la mujer de haber quemado un Corán. ¿La reacción de un puñado de salvajes que escuchó la acusación? Linchar a la mujer hasta la muerte y luego quemar su cadáver. ¿La reacción de nuestro mundo civilizado? Recoger la noticia en las páginas interiores de los periódicos durante un par de días y olvidarla. 


Foto robada a El País

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