domingo, 22 de marzo de 2015

En nuestras manos

 A mí la prensa siempre me ha tratado bien.
Francisco Franco
(Se le olvidó añadir: Y quien se ha atrevido a reprochar mi comportamiento, se está pudriendo en la cárcel)


Creo que en el censo, junto a mi nombre, hay un asterisco con la indicación: *pardilla. Nadie de mi entorno inmediato se ha tenido que presentar para presidir una mesa electoral: yo sí, tres veces ya (bueno, en una ocasión iba de vocal, pero como tenía experiencia y al presidente seleccionado le daba dentera tocar el papel reciclado -era obligatorio que el presidente de la mesa introdujera el sobre en la urna- nos cambiamos de puesto con el beneplácito de la policía presente en la sala). 

Es cómodo ser presidenta de una mesa electoral. Sólo hay que sentarse en medio y dejar que los vocales hagan el trabajo duro: uno escribiendo los nombres, otro subrayándolos en el censo. De ocho de la madrugada a diez de la noche -viaje a los juzgados incluidos: te llevan, pero no te devuelven a casa-. Un domingo agónico a cambio de 60 y pocos euros (si mal no recuerdo), de conocer forzosamente a quienes el azar te ha sentado al lado y de comportarte como una dictadora: nada de votar con un carnet sin foto, nada de introducir los votantes el sobre en la urna (por lo visto hoy en los periódicos digitales, creo que esto ha cambiado), nada de votar en nombre de otra persona... y de llegar a conocer lo extraños que son nuestros propios vecinos. Para todo encuentran solución: 

Ante la indecisión de a quién votar, un sujeto, o sujeta, introdujo cinco papeletas en el sobre. Lo extraño es que eran papeletas tipo sábana. Para que cupiesen todas, el sujeto o sujeta tuvo que plancharlas para conseguir que estuvieran lo más aplanadas posible. 

Suelen haber también multitud de sobres vacíos. Es normal, la forma de protestar de los votantes, un castigo a los políticos que, sospecho, les resulta por completo indiferente. También es normal encontrar votos nulos más elaborados, con el dibujo de un excremento o un inodoro, dando a entender con patente claridad, qué opinión tiene el votante sobre los políticos. 

La papeleta más extraña, y que no dejaron que me quedara porque todas debían ir a un sobre junto con las actas, fue una donde el logotipo era un águila extraña y el primer nombre que aparecía era Francisco Franco Bahamonde. Tardamos mucho en darnos cuenta que aquella papeleta, mismo tamaño y color que las demás, era falsa. Ingenua de mí, ignorante, pregunté: ¿Este tío no era un ciclista? 

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