jueves, 31 de marzo de 2016

El burdel del silencio (Historieta)

Se persignó. Las lágrimas y los rayos oblicuos de la tarde le habían mentido. Por un momento creyó estar ante una aparición milagrosa de la santísima Macarena. Un refregón contra sus ojos del gurruño en el que se había convertido el pañuelo que apretaba en el puño y las sombras de la noche que apagaron la luz dorada, transformaron la imagen etérea en carne.

No la había visto nunca, pero supo que era ella, la dueña del burdel, la puta que incomprensiblemente se había enamorado de su Paco. Se arrepintió de no haberse puesto el vestido de los domingos. Sus medias, tan viejas como remendadas, parecían pellejos despegados de la carne de sus pantorrillas. De nada serviría intentar recomponerlas, al primer paso volverían a su estado natural: arrugadas, fofas, caídas en los tobillos. Comprendía que a su Paco le atrajera aquella mujer. No era guapa, pero sí exótica. Su piel, muy blanca, parecía brillar bajo la luz de docenas de candiles que un criado fue encendiendo alrededor del jardín del burdel, escandalizando a Dominga por el derroche de aceite; y su pelo, una melena corta y rizada, se asemejaba al oro sólido de la corona de la Macarena. Para cualquier hombre, en un país arrasado por el hambre desde hacía más de un lustro, debía ser una novedad tener entre los brazos un cuerpo femenino moldeado por una alimentación abundante y sana. Ningún hueso asomaba entre las redondeces de la prostituta. ¿Por qué una mujer como aquella se había enamorado de su Paco? Su marido era un buen hombre, pero, aunque ella lo quería mucho, ver belleza en su físico significaba tener problemas visuales. ¿Sería bondad lo que buscaba la fulana? Debía de estar cansada de hombres sin alma y egoístas, que la olvidaban inmediatamente después de derramarse dentro de ella.  Por eso intentaba quedarse con el único hombre bueno que el azar le había puesto en el camino, aunque tuviera que robarlo a otra mujer, aunque tuviera que comprarlo con regalos. La primera vez fue una hogaza enorme de pan blanco; la segunda, una tableta de chocolate y la última, la que obligó a Dominga a armarse de valor e ir al burdel a enfrentarse con la puta, un paquete de café que llenaba de aroma el aire. Lo tomaban de madrugada, cuando todos los vecinos ya se habían ido a la cama, para que el olor no atrajera a los moscardones. El insomnio que proporcionaba la cafeína les permitía un rato de placer que para Dominga siempre terminaba en un orgasmo semejante a una descarga eléctrica: la vaciaba por completo, su mente quedaba en blanco y su cuerpo, durante unos segundos, era consciente de la culminación del gozo. Por eso le quedaba un ápice de esperanza. Por muchos regalos que le hiciera la prostituta, aún quedaba algo que no le podía proporcionar.

La vio. Un señor alto, moreno, con una bonita sonrisa de dientes casi perfectos: por la separación de sus paletas cabían dos monedas de diez céntimos juntas. Abrió la verja desde la que Dominga había estado espiando y la invitó a pasar con gestos, sin preguntarle qué quería. La mujer era consciente de su propio encogimiento, de sus hombros caídos y cabeza gacha. Los extraños la amilanaban. La guió hasta el interior de la casa. ¿Así era un burdel? Las paredes estaban llenas de cuadros dignos de un museo, las estatuas eran de tamaño natural y los muebles, muy labrados, parecían compuestos por volutas de humo petrificadas. Cualquiera de las habitaciones por las que pasó para llegar al dormitorio de la prostituta, doblaban en tamaño a toda su casa. Como en la mente de Dominga la riqueza equivalía a poder, y el poder ajeno, en los tiempos que corrían, podían llevarla a la cárcel o el cementerio, cuando estuvo ante la amante de su marido, el miedo había retirado de su boca toda la saliva. Fue incapaz de articular palabra, pero no importó porque la puta no paraba de parlotear con un acento extraño y grave que contrastaba con su aspecto dulce, ingenuo, bobalicón. De las palabras que pronunció mientras desabrochaba la hilera interminable de botones de su bata de terciopelo negro y bordados de oro, Dominga sólo entendió: búnker, doble, suicidio, escapar, tren, aliados, simiente, gemelos; insuficientes para saber qué quería contarle. La bata cubría un camisón blanco, tenue, tan delicado que permitía distinguir con precisión los oscuros pezones y el vello púbico. De aquella visión debían de estar  saciados los ojos del hombre de sonrisa casi perfecta que las acompañaba, porque ni siquiera se ruborizó, ni la miró de soslayo al pasar junto a ella para abrir una vitrina donde guardaban extraños objetos, la mayoría desconocidos para la mujer. Escoja, pidió el hombre. La guerra había adiestrado a Dominga a obedecer a quien creía la autoridad. Tomó uno al azar, un látigo de cinco puntas con bolas metálicas en sus extremos que tintineaban al chocar entre sí porque no podía evitar temblar. Proceda. El gesto que acompañó la palabra del hombre indicó a Dominga qué esperaban de ella. ¿Era ese el precio que le pagaban por aceptar el engaño? ¿La única satisfacción que obtendría por ceder a su Paco? La rabia acumulada durante semanas se desató. Con el rostro congestionado y los labios apretados, alzó el látigo por encima de su cabeza y con mucha más fuerza de la que se podía esperar de sus escuálidos brazos, hizo que surcara el aire silbando hasta estrellarse las bolas de metal en la carne desnuda de las posaderas de la prostituta, quien se había postrado en un reclinatorio y levantado el camisón hasta la cintura. No gritó, de sus labios no salió ninguna queja al recibir el golpe, aunque Dominga estaba convencida que la había dejado baldada de por vida. Tal vez la costumbre la había insensibilizado. La carne de sus glúteos parecía llevar meses siendo macerada. Tenía todo un arco iris en su piel castigada: moratones en diferentes etapas de curación. ¿Pero cómo había podido ser tan bruta? De los cinco verdugones de los que era culpable, empezó a manar sangre. Dominga se asustó, tiró el látigo e intentó escapar de la casa, pero no fue capaz de abrir la puerta que le daría libertad. Llegó el hombre moreno para socorrerla. Su rostro no delataba enfado, hasta mostraba con cordialidad la imperfección de sus paletas separadas. Frau Eva le está muy agradecida por ayudarla a redimir sus pecados con la mortificación de la carne, dijo, y la dejó ir después de colocar en sus brazos una pesada carga envuelta en un paño blanco. Tuvo que disiparse la conmoción por lo ocurrido para que Dominga sintiera curiosidad y retirara el paño. Era un salami gigantesco, el más grande que había visto en su vida, incluso antes de la guerra. A la mujer le habría gustado secar con un refregón de su pañuelo las lágrimas de alivio y agradecimiento que caían de sus ojos, pero tenía las dos manos ocupadas.

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