martes, 28 de octubre de 2014

Treinta segundos - Segunda parte (historieta)

Quiso la casualidad que a la vez que Leonor salía del polvoriento zoológico, Rodrigo llegaba a la sala de costura -faltando a su costumbre de no pisar nunca aquella parte de la fábrica- y una de las chicas, distraída, se cosía la palma de la mano a la prenda que tejía. Hubo sangre y gritos, y antes de que llegara la ambulancia, incluso un desmayo. El encargado de planta pidió a Leonor que acompañara a la herida, así, de paso, podían darle algún antibiótico para evitar que enfermara por culpa de los mordiscos de las ratas. Pero el encargado no la protegía de los roedores. Cuando Rodrigo empezaba a subir las escaleras metálicas para volver a la parte noble de la fábrica, el encargado le susurró: A la niña me la dejan, que es una de las pocas que se rompe el espinazo trabajando.

La imaginación de Sebastián, comparada con la de Rodrigo, era escasa, casi nula. Desde la noche que recogieron a Leonor en el camino para devolverla a las comodidades de la civilización, entre el secretario y la mujer se inició una amistad lo suficientemente profunda como para intercambiar algunas intimidades. A él llamó cuando necesitó consuelo por haber encontrado a su novio en su propia cama, metiendo mano a la hija de una vecina que no pasaba de ser una adolescente. Maldijo a las ratas por haberla arrastrado a casa cuando aún faltaban varias horas para finalizar su jornada de trabajo. Utilizó a Sebastián como paño de lágrimas y para pedirle permiso para quedarse durante el fin de semana en el cuarto de descanso de las trabajadoras de la fábrica. Vestir siempre traje y estar pegado al jefe en todo momento, a los ojos de Leonor le proporcionaba un poder que en realidad no tenía. Sebastián habló de inmediato con el vigilante, pero hasta la tarde del domingo no hizo ningún comentario a su jefe. En el inventario de las peores noches de Rodrigo, aquella ocupaba el primer puesto. Estaba convencido que en cuanto la fábrica se quedaba en silencio, las ratas salían de sus escondites, en busca de calor. Cerraba los ojos y veía a un centenar de ellas devorando el escuálido cuerpo de Leonor, debilitándola durante el sueño lo suficiente para que fuera incapaz de pedir auxilio al despertar. Cuando a la mañana siguiente la vio en su puesto de trabajo, con ojeras por haber llorado, pero completamente indemne, sólo el temor a ser considerado un loco evitó que corriera a abrazarla.

Pocas noches más durmió Leonor en la habitación de descanso de las trabajadoras. Rodrigo la contrató de acompañante en reuniones sociales. Le resultaba muy divertido llevarla colgada de su brazo. Era como una niña pequeña que se ha colocado en una fiesta para adultos. Con la excusa de necesitar tenerla cerca para evitarse la molestia de hacer muchos kilómetros al ir a buscarla, le alquiló un apartamento a pocos metros del suyo. Las señales eran inequívocas; y no sólo por el dispendio económico que hacía para adornarla; lo más importante estaba en los detalles. Si Rodrigo la veía bostezar en alguna reunión, aunque acabaran de llegar, le proponía marcharse; le reía las bromas, aunque no tuvieran gracia; la obligaba a cogerse de su brazo porque sabía que ella y los tacones eran incompatibles; y si la noche era propicia, el último tramo hasta la casa se convertía en una caminata de pasos muy cortos y lentos. Pero la madrugada que Leonor, con la ayuda del valor sacado de un vaso de whisky, quiso satisfacer los aparentes deseos de Rodrigo, el hombre giró la cara evitando un beso en los labios. Aquel fue el primer y único momento incómodo que sintieron el uno frente al otro. El reflejo del rostro de Leonor en el espejo del ascensor, ensombrecido por la decepción, el cansancio y la escasa luz cenital, anodino a pesar de los cientos de euros gastados en maquillaje; hizo que creyera comprender: Rodrigo la llevaba a las fiestas para deshacerse de las chicas que se pegaban a él como lapas, nada más, y ella acababa de estropearlo. Pero no tuvo valor para hacer una llamada telefónica o mandar un mensaje rogando perdón: eso la habría convertido en una mentirosa. 

Apenas habían pasado dos horas cuando el deseo de Leonor venció a su voluntad y quiso correr hasta el apartamento de Rodrigo para pedirle que olvidara lo sucedido. No volvería a hacer el ridículo ofreciendo lo que él no deseaba. No se percató que sobre la ciudad el cielo comenzaba a teñirse con la suciedad de las primeras luces del día; pero poco importó porque fue innecesario cruzar el umbral de la salida: apoyado en la puerta estaba Rodrigo, había estado allí todo el tiempo, a muy pocos metros de ella, sin atreverse a llamar ni a irse. 

La luz del mediodía es tamizada por las cortinas naranja del dormitorio y baña la espalda desnuda de Leonor haciendo que su piel parezca muy morena y suave. Está tan dormida que Rodrigo puede acariciar su cuerpo sin temor a despertarla. Sonríe satisfecho. Aunque nunca los contabilizará, son de media 30 los segundos que todas las mañanas, en el futuro, disfrutará de plena felicidad: desde el momento que el abandono del sueño le devuelve la conciencia, al de comenzar a estar abrumado por los temores. Había esperado ante su puerta para contarle la verdad, pero la curiosidad le pudo: ¿a qué sabían sus labios? ¿cómo reaccionaba cuando le tocaba la nuca o la apretaba contra su cuerpo? ¿qué consistencia tenían sus pezones cuando las caricias los erizaban? 

Había ido a contarle la verdad, pero terminó sabiendo que Leonor emitía un ronroneo placentero mientras mantenía relaciones sexuales y un quejido ahogado al correrse. ¿Por qué ella, cuando era la única mujer de toda la Tierra que le estaba vetada? Desde muy pequeño lo habían predispuesto para odiarla, le habían cincelado en la memoria el nombre y apellidos de Leonor: su futura existencia, fruto del amor con otro hombre que no era el padre de Rodrigo, le usurparon el cariño y la presencia de la madre durante toda la infancia. Y ahora no podía evitar amarla. 

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