domingo, 26 de octubre de 2014

Treinta segundos - Primera parte (historieta)

Putéala, había sido la única y precisa petición de Rodrigo. Sólo el aspecto de la muchacha convertía en extraña la solicitud. Era normal que el amigo de una de sus tías o un antiguo compañero de clase que no había dejado residuos en su memoria, le pidieran trabajo para una jovencita cuyo único y exclusivo propósito era seducirlo. La mayoría no lo hacía con intenciones perniciosas y egoístas. Era verdad que buscaban un futuro cómodo para la chica escogida, pero también, que todos ellos tenían la convicción de que su felicidad sería completa si fundaba una familia. Por eso arrastraban hasta sus narices chicas sensuales, voluptuosas, amables, capaces de desprender distinción por cada uno de los poros de su piel; como si se trataran de mercancía en exhibición. Nunca se negaba a satisfacer el favor al interesado, después de todo Rodrigo era un hombre de negocios: así siempre estaba rodeado de deudores. Resultaba más cómodo hacer desistir de sus propósitos a las cómplices en aquel juego de celestinas. Era fácil. Después del primer día, ninguna había vuelto a aparecer por la fábrica. Pero Leonor en nada se parecía a sus predecesoras. Resultaba tan anodina y normal que cuando estuvo mezclada con el resto de trabajadoras durante la hora del almuerzo, Sebastián no pudo distinguirla y tuvo que esperar a que ocupara de nuevo su puesto de trabajo para saber que aún no había desistido. Estaba ante la taladradora, donde se le abrían un par de agujeros a las bragas náuticas que sus compañeras habían confeccionado. Sebastián consiguió que le explicaran mal cómo hacerlo y durante horas esperó los gritos furibundos del encargado de planta al percatarse del error cometido por la novata. Aquel primer día ganó Leonor. Le había parecido extrañas las explicaciones recibidas y prefirió fiarse de la muestra que había en el expositor. 

Dos, tres... siete días sin mencionarla. El trabajo enterró el recuerdo de Leonor en la mente de Rodrigo; pero no en la de Sebastián, quien cada día sentía más curiosidad: ¿qué relación existía entre su jefe y la chica? Por casualidad supo que no era una de conocimiento directo. Después de firmarle el primer cheque de la paga y saber que continuaba en la fábrica, Rodrigo volvió a insistir: putéala, hasta que llore sangre y salga corriendo. Para entonces Sebastián ya conocía los puntos débiles de Leonor, y uno de ellos eran los números. Era lenta con las cifras; pero también, cabezota. La puso a ordenar las muestras de telas, todas numeradas. Cuando terminó el trabajo, en la fábrica sólo quedaban las ratas y el guardia de seguridad. Sebastián y Rodrigo habían salido pocos segundos antes. El tiempo que se entretuvieron en sacar el coche del aparcamiento, sobró para que Leonor llegara a la parada del autobús. Nadie le había dicho que a aquella hora ya no pasaban. Una carretera secundaria llena de baches, más de 15 kilómetros hasta la ciudad, sin iluminación, el frío de las noches de finales de noviembre lleno de humedad por el riego de los sembrados. A cien metros, la chica, iluminada por la única farola del camino, parecía estar bajo el foco de un escenario, rodeada por una ligera neblina. Sólo cuando la primera curva la ocultó a sus ojos, Rodrigo salió de su letargo y pidió a Sebastián que volvieran a por ella. Muchas palabras de gratitud, pero ninguna que delatara una relación anterior. A los pocos minutos sólo eran dos personas agotadas a final de una jornada interminable de trabajo, incapaces de mantener una conversación de cortesía. Sebastián se limitaba a conducir.

Las mañanas luminosas de invierno sólo resultaban cálidas a través de los vidrios de las ventanas. La experiencia hacía saber que, en el exterior o cualquier recinto sin calefáctar de  la fábrica, el frío se clavaba como cristales de hielo en cada poro de la piel que quedaba al descubierto. Por esa razón Sebastián retrasó hasta el mediodía, cuando la temperatura subía unos grados, el nuevo castigo que Rodrigo quería imponerle a Leonor. ¿Por qué la odiaba tanto? ¿Qué le había hecho? Su obsesión por la chica parecía sadismo.

Al viejo almacén sólo dejaban entrar a uno de los ordenanzas. Al hombre, descomunal en talla y menguado en inteligencia, las alimañas le resultaban indiferentes. Todas las telas que la moda volvía desfasadas, iban a parar a aquella enorme, gélida y caótica habitación. No era raro que pocos años después, lo antiguo volviera a considerarse moderno. Leonor salió bien parada de su encuentro con las ratas, sin contar la repugnancia y miedo que le producían. Media docena de mordiscos en las manos, pero sólo uno le llegó a la piel; el resto no atravesaron la gruesa tela de los guantes; y otro mordisco en el tobillo. Lo que más le dolió fue que le rompieran los leotardos. Los estrenaba ese día porque por la noche, era viernes, había quedado con su novio para cenar fuera. No imaginaba que antes de terminar el día habría perdido el derecho de considerar propios a su novio y su casa. 

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