sábado, 19 de octubre de 2013

La sonrisa de Rita 2

Sobre los asientos hay fotografías de paisajes. Montañas en uno, una ladera con flores en el otro. Se levanta y finge observarlos, pero sólo espía a su compañero de viaje. Sigue garabateando en el cuaderno con un alfabeto que Rita desconoce. Únicamente levanta la cabeza cuando un ensordecedor pitido se anticipa a la catástrofe. El frenazo es tan brusco que Rita pierde el equilibrio y cae sentada en el mismo lugar de donde se había levantado. Voces y el chillido agudo de una mujer. Un atropello. Si alguien hubiera estado en el exterior del vagón observando, habría visto que en una única ventanilla no hay nadie asomado. Para el viajero, es más tentadora la piel del escote de Rita, brillante por el sudor, con el rastro de una gota que se ha condensado y descendido entre los dos pechos como una lágrima. Para Rita, es más tentadora la mirada de ese hombre de ojos rasgados que parece querer ver más allá de lo que la tela de su vestimenta cubre. Y Rita se lo permite desabrochando botones hasta que sus manos indecisas son sustituidas por las del viajero. Es tan extraño su contacto, de una suavidad femenina, y tan diferente su forma de explorar su cuerpo a la única que conocía Rita, que la excitación se apodera de sus sentidos y no existe el temor a ser pillada, ni a ser escuchados sus gemidos cuando se vuelven a poner en marcha y el ruido del motor ahoga cualquier otro. Atrás quedan tres vacas reventadas junto al talud de las vías y a algunos vecinos del pueblo cercano que las miran entre asqueados y curiosos. No todo acaba cuando el viajero se derrama en su interior. Busca el placer de Rita con los dedos y la lengua, hasta que se retuerce como si le recorriera una descarga eléctrica. Los latidos del corazón se desaceleran, la respiración vuelve a la normalidad y los ruidos de los otros viajeros, muy próximos, separados por un paramento de madera muy fina y una puerta cerrada sin ningún seguro. 

La llegada a la estación de Madrid coincide con la ausencia del viajero. Ha ido a lavarse las manos. Rita escapa y se esconde entre la multitud de viajeros. Una mujer joven con aspecto de secretaria lo espera en el andén. La búsqueda de alguien entre el gentío demora al hombre y la secretaria lo azuza con una frase de la que Rita, escondida muy próxima a ellos, entiende con claridad la palabra aeropuerto.

A Rita siempre le gustó viajar, pero nunca llegar a los destinos. Con un billete de vuelta recién adquirido en el bolso, se sienta en uno de los bancos de la estación a esperar el tren que la lleve de nuevo junto a Fabián. Cruza las piernas. No quiere que se escape lo que está germinando en su interior. Puede que sólo sea una enfermedad venérea o puede que se trate de un niño con rasgos asiáticos, como los del viajante. En ambos casos, un futuro incierto que dibuja una sonrisa en sus labios.

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Esta tarde hemos estado en la nave de unos restauradores de vehículos en Guadix. Tenían un vagón antiguo, de mediados del siglo pasado. Con departamentos, asientos enfrentados, portaequipajes de rejillas y cuadros de lugares exóticos. 

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