sábado, 19 de octubre de 2013

La sonrisa de Rita 1

Debería estar llorando, las lágrimas deberían desbordarse de sus ojos como si estuvieran saturados; pero lo único que brota, es una sonrisa de niña traviesa en sus labios. La puede ver reflejada en el cristal de la ventanilla, en un rostro mucho más joven que el real porque la luz del atardecer suaviza los rasgos, eliminando las arrugas que le han salido recientemente desde los lados de la nariz a las comisuras de la boca, como rectas tangentes y simétricas. Un rasgo de amargura que parecía vaticinar los acontecimientos de la mañana, cuando su futuro imaginado se hizo añicos y parte de su pasado se convirtió en una mentira. 

Hace calor. Rita se ha desabrochado dos botones de la camisa porque el único viajero en el departamento no aparta los ojos del grueso cuaderno en el que escribe con un lápiz minúsculo. Si abriera la ventanilla, todo se llenaría de motitas de hollín, y del humo de la máquina que, al salir de los túneles, envuelve el paisaje en una niebla espesa que se disipa casi de inmediato. Las ventanas del aula también debían tenerlas cerradas porque el estruendo de los trenes obligaba a los gritos. Siempre los vio desde el otro lado, y mientras sus alumnas se esforzaban por resolver un ejercicio de matemáticas, ella miraba con envidia cómo se alejaban, dejando una estela blanca, preguntándose a dónde iría cada uno de ellos, y qué historias se encerrarían en sus vagones. Siempre lo había querido, pero jamás imaginó que pudiera estar al otro lado: ser la que se aleja de quienes miran desde las ventanas iluminadas de las casas o de quienes permanecen parados en los andenes. Por eso no puede dejar de sonreír, aunque no suelta el libro que había cogido de su mesilla de noche antes de escapar. Nada, lo mismo que siente. Pensaba proteger con él su llanto, pero su ojos están secos.  

Ni una lágrima ahora que lo ha perdido, cuando tuvo que llorar sangre para conseguirlo. Sus padres no querían a Fabián. No habrían querido a ningún yerno. La habían engendrado, parido, criado y educado con el único fin de que los cuidara en su vejez. ¿Cómo pudieron ser tan egoístas? Se escudaban en que le habían dado una carrera para que se valiera por sí misma cuando ya no estuvieran ellos. Aún resonaba en los oídos de Rita las palabras de su madre pocos días antes de la boda ¿Cómo puedes echar a la basura todo el cariño que te hemos dado a cambio de revolcarte un rato en la cama con un desconocido como una sucia ramera? Al menos habían asistido a la ceremonia y fingido un perdón que no implicaba visitas a la casa de los recién casados. Algo que Rita, sin confesarlo, agradecía porque todo en la nueva casa era deleznable, fabricado con materiales que parecían destinados a tener una vida tan duradera como la de un insecto: puertas de panel, muebles de formica, maletas de madera, sofá de escay... 

Sopor. Al otro lado de la ventanilla la oscuridad es completa. A Rita le entra sueño ahora que no hay paisaje que mirar. El traqueteo de las ruedas sobre la interrupción de los raíles se convierte en una nana y se queda profundamente dormida durante el rato que el viajante sale a cenar después de ser advertidos por el revisor que les ha picados sus billetes, que el vagón restaurante acaba de ser abierto. Sólo pretendía descansar unos minutos las piernas al tumbarse en el asiento, un pestañeo que dura más de seis horas. Despierta por el sol prematuro de las mañanas de primavera. El viajero duerme tumbado en el otro asiento. El sombrero, que sólo se quitó un instante para saludarla cuando entró en el departamento, ahora está en el portaequipajes de rejilla y la chaqueta blanca, sobre las piernas de Rita. 

Su compañera Visitación creyó que había habido mala voluntad cuando, por accidente, las alumnas estrellaron un balón contra la nariz de Rita. Ella no, ella creía en el azar y el destino. Los segundos que estuvo aturdida sobraron para motear de bermellón su blusa blanca. Vivía a sólo cinco minutos del colegio y el recreo acababa de comenzar. No le extrañó escuchar música en la casa. Desde que Fabián había fracasado como escritor, casi todo el día se lo pasaba en su estudio intentando aprender bailes de salón ayudado de un libro con dibujos. Estaba convencido de que tendría mucho éxito como bailarín profesional. Tuvo muchas horas para arrepentirse de haber tomado la decisión de entrar en la casa con sigilo, sin hacer ruido, con los zapatos en la mano, para no interrumpirlo. Tardó en comprender qué estaba viendo. Reconoció de inmediato a Luis, el mejor amigo de su marido, pero ¿quién era la mujer?. Llevaba su ropa, el vestido que reservaba para las fiestas, reconoció el reloj de Fabián en la muñeca de la desconocida y, finalmente, identificó el rostro de su marido bajo una capa de torpe maquillaje. Durante unas horas fue como si nada hubiera ocurrido: volvió al colegio, comió con Fabián, impartió clase de catequesis en la iglesia... Hasta que comprendió qué deseaba hacer y en su rostro apareció la sonrisa pícara que aún le dura.

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