martes, 10 de julio de 2012

La ventana indiscreta

Una de las cosas que más me gusta del verano es que el calor obliga a abrir las ventanas. De todas las fachadas cuelgan las enormes unidades exteriores de aire acondicionado, por cualquier acera que se pase, llueven gotitas por la condensación del frío; pero, aún así, las ventanas se siguen manteniendo abiertas y los habitantes, escondidos durante el resto del año, se hacen presentes, por su aparición corpórea o por ese trozo de sus mundos particulares enmarcados en aluminio. Desde este ático tengo una situación inmejorable para satisfacer mi curiosidad de cotilla discreta. Mirar al bloque de enfrente, es como leer uno de esos cómics antiguos del 13, Rue del Percebe, pero sin el humor. Quienes más me atraen es una familia que viven en el 5º, casi a nuestra misma altura. Las noches de mucha tranquilidad, cuando los ruidos de esa vivienda nos llega con toda nitidez, es como si compartiéramos el mismo espacio.

Los padres, un hijo adolescente siempre vestido con camiseta de la selección española de fútbol y una hija que, de estar estudiando, habrá empezado este año o el anterior en la universidad. Es la chica el personaje más llamativo. Al principio sentí conmiseración por ella. Creí que estaba atada a una familia de lisiados. Es exclusivamente ella la que interrumpe su almuerzo para responder al teléfono, ir a buscar un vaso de refresco para su hermano o la que tiene que dejar de ver una película para llevar el tabaco al padre. No comprendo tanta sumisión, la cual le perjudica directamente a ella por convertirla en esclava de los deseos y necesidades de otros; pero, principalmente, perjudica al hermano adolescente, quien terminará convertido en un ser bastante inútil, incapaz de valerse por sí mismo. Y lo más extraño es que parece una persona bastante feliz.

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