Hay un libro de Antonio Muñoz Molina que me gusta mucho: Plenilunio. Casi de inmediato sabemos quién es el asesino de una niña violada porque escuchamos sus pensamientos, los rumia lleno de odio, mientras que su comportamiento es el de un hijo ejemplar y el de un pescadero afable.
Tengo la imperfección de la impuntualidad por defecto: llego a los lugares demasiado pronto. Me preocupa hacer esperar a la gente. Pero a las reuniones con los abogados de Guille la invención de problemas con el metro se hizo asidua. Me esforzaba por llegar tarde. Temía encontrar a Guille a la entrada del despacho de los abogados, y no sólo por tener que intercambiar unas palabras con quien se había convertido en un completo extraño. En realidad era pavor. En la segunda reunión, Guille vomitó, lanzando gritos y gotitas de saliva, con la cara tan encarnada que parecía posible que sus mejillas supuraran sangre, todo lo que él consideraba mis defectos y lo que le había amargado mientras yo creía que disfrutábamos de una vida dulce y placentera. Hasta entonces no lo había visto enfadado, ni conmigo ni con nadie.
¿Durante cuánto tiempo rumió su amargura mientras fingía ser un esposo feliz y atento? No he tenido oportunidad de preguntárselo.
Al cuerpo de mi tía Lucía lo han encarcelado en un asilo regido por monjas. Ella murió hace algunos meses, pero su cuerpo aún no lo sabe y sigue moviéndose con gestos aprendidos desde la infancia, pero sin oposición a lo que otros le obliguen a hacer. Se levanta, se deja lavar, se deja peinar, vestir, come, permanece sentada ante un televisor antiguo y con el volumen muy alto durante horas y defeca u orina donde la necesidad le apremia. Sor María no nos ahorra detalles escatológicos cada vez que mi madre o yo llamamos para informarnos de su salud física. A la voz de sor María soy capaz de ponerle rostro porque he ido un par de veces a visitar a mi tia. Antes de verla, en mi imaginación la monja llevaba un hábito largo, pardo y blanco, como las monjas del internado de mi infancia. En realidad, el de sor María es celeste, entre uniforme de enfermera y de empleada del hogar.
Esas visitas siempre son dolorosas porque permanezco sentada durante media hora junto a una persona que si me dirige la palabra es para preguntarme quién soy. Aunque se lo explico, no me recuerda, quizás porque en su memoria yo he cambiado tanto como ella para mí. Ya no se parece a mi tía Lucía de las fotografías de los eventos familiares. Su pelo, antes siempre tintado de rubio ceniza, ahora es completamente blanco y su piel, por culpa del encierro, se ha vuelto tan transparente que parece tener tatuadas en las manos el recorrido de caminos infinitos que se pierden bajo las mangas de un vestido que le queda estrecho porque la inmovilidad la ha hinchado, más que engordado.
A mi abuela le ocurrió lo mismo: primero murió ella y mucho después, su cuerpo. Me pregunto si se dieron cuenta del deterioro de su mente. Me pregunto si me ocurrirá a mí, o, incluso, si me está ocurriendo ya y no soy consciente de ello.
Eli, la limpiadora, demostró tener más sentido común que todos los que trabajamos en el estudio sentados a las mesas. Huy, qué penumbra, dijo y arrancó todas las banderas con las que habíamos tapizado los cristales que dan a la terraza. Una española, una europea, una andaluza y una catalana (en realidad, era un banderín de señalización de pista poco adherente de las carreras de motos, pero que funcionaba muy bien como sustituta). Cuando Eli retiró las banderas, me acordé de un corto cinematográfico: dos ancianos, una pareja, en un apartamento umbroso. De repente entra la luz del sol por la ventana: se acababan de caer las Torres Gemelas.
Los balcones siguen llenos de banderas, casi todas españolas. Se resisten a quitarlas. ¿Y si nos ocurre como en el Ángel Exterminador de Buñuel?: todos quieren irse de la fiesta pero nadie lo hace. Puede que quieran quitar las banderas, pero un temor interior e irracional les impide hacerlo. Tal vez haya que esperar a un vendaval, o, aún peor, al fracaso de la selección española de fútbol en algún campeonato importante.
Mi exsuegra vino a visitarme, ella sola. Siempre creí que la mujer estaba incapacitada para moverse sola por el mundo. Me sorprendió. Caminamos por las calles gélidas de Granada. Un día antes había nevado. La nieve se había ido, pero quedó el frío. Se tomó cada una de las banderas colgados en los balcones como una afrenta personal. ¿Es que no se les ocurre otra forma mejor de protestar? ¿Qué valor tiene un trapo colgado? No se me ocurrió una respuesta sensata que no la hiriera.
¿Qué valor tiene un trapo colgado de un balcón? La verdad es que no estoy muy segura pero, francamente, creo que algunos trapos colgados son un acierto y una necesidad, la única forma de reivindicar la justicia para nuestra Patria.
Me gusta follar. Me gusta el sexo. ¿Cómo son vuestros orgasmos? Los míos son diez, doce, quien espasmos y al final una descarga eléctrica que me hace arquear el cuerpo y deja completamente satisfecha.
Perdón a quien haya podido ofender con este insensato trazo de íntima sinceridad. Ante una violación, para algunos jueces, sería un eximente para el violador.
Cuando alguien invade mi espacio vital, mi memoria olfativa me obliga a recordar la mezcla del after shave Old Spice y el tabaco. Uno de mis primeros jefes tenía la costumbre de poner su cabeza entre el hombro y el rostro de las novatas y permanecer ahí hasta que forzaba algún roce involuntario. Dependiendo de la defensa de la novata, la invasión de la intimidad se cercenaba o iba a más. No era una seducción torpe a un grupo de mojigatas. Él disfrutaba imponiéndose ante nuestro miedo a perder el trabajo.
Qué difícil tenemos la mujeres encontrar el equilibrio, y aún más, la justicia.
¿Cómo desengancharse de algo a lo que llevas atada desde hace más de dos meses? Todo ha sido como una cadena infinita. Un compañero italiano restauraba una casita dañada por uno de los terremotos que ha desolado el centro de Italia en los últimos tiempos. La vivienda debería haber sido demolida, pero siempre ocurre lo mismo: el valor de la vida de quienes menos tienen es prácticamente nulo. Pidió ayudas estatales que ninguna llegaron. Reforzó pilares y vigas con perfiles metálicos. Y cuando recubría la fea estructura con paneles de cartón-yeso, se le ocurrió una idea. ¿Y si el armazón que soporta los paneles fuera la estructura portante?
Una persona, una idea. La idea permaneció, pero las personas al final éramos 25. El trabajo de la mayoría concluyó. Ahora les toca a los químicos y mecánicos. Pero es complicado desengancharse de algo a lo que he estado ligada casi exclusivamente durante tanto tiempo. Incluso volví a la costumbre de dormir sólo noches alternas. Si cierro los ojos, veo una y otra vez la primera maqueta lanzando trozos de cartón-yeso como si fueran proyectiles al deformarse y romperse las varillas que formaban los tetraedros.
No importa si al final todo se queda en agua de borrajas. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan feliz haciendo un trabajo.
¿Quién me defiende? Creía estar sola, pero la mayoría de los catalanes sosegados y serenos quieren un referéndum legal.
Lo que nos ha proporcionado Puigdemont es una siembra de odio y rabia; una fantochada ilegal de urnas llenas de papeletas previas a las votaciones, de colegios sin censos, de votantes que recorrían Barcelona en busca del derecho al voto una, cinco, diez... veces.
Se habría podido (¿se puede aún?) conseguir un referéndum legal, aunque se hubiera tenido que llegar a los tribunales internacionales. Habría sido más pausado, con dos partes enfrentadas que dieran a conocer los pros y los contras de la independencia. ¿Por qué Puigdemont escogió el camino de la irresponsabilidad? ¿Tenía miedo a perder o tenía miedo a ganar?
¿Quién me defiende? Casi siempre que he estado empadronada en Barcelona he tenido la mala suerte de presidir o ser vocal de una mesa electoral. Es un trabajo tedioso. Prefiero pasar los domingos tumbada leyendo o compartiendo algunos momentos con mi familia. Suelo comprar un billete de avión de los muy baratos para poder escaquearme. En esta ocasión no hice ese preparativo. Jamás pensé que el gobierno general dejara llegar tan lejos al autonómico. ¿Por qué no se paró antes el despropósito del referéndum? ¿Debilidad? ¿Miedo? ¿Pensar que el fracaso del referéndum llevaría a la tumba al actual gobierno autonómico?
La pasividad de Rajoy hasta hoy y las obligadas cargas policiales sólo han conseguido que se ponga en duda el nivel democrático de España.
¿Quién me defiende? La oposición política del gobierno central parecían hasta ayer convidados de piedra. Ahora se rasgan las vestiduras por las cargas policiales y por ineptitud de Rajoy para salir del agujero donde lo metió Puigdemont.
Se ha despilfarrado dinero de los impuestos en un acto ilegal, han habido muchos heridos, la democracia española ha quedado enlodada... pero mañana todos los políticos se darán palmaditas de autocomplaciencia en la espalada asegurando que los otros perdieron, cuando en realidad quienes perdimos fuimos todos ciudadanos.
El mundo del cine y la televisión está lleno de muertos. No sólo muertos cuyos corazones han dejado de latir y han sido enterrados o incinerados (o crionizados), son, ante todo, muertos del pasado. Actores o cantantes con sólo el atractivo físico como principal mérito. Ellos echan tanto como nosotros la belleza perdida y la intentan recuperar disfrazando sus rostros con máscaras de cirugía. Todos terminan pareciéndose al Joker.
Patria acumulaba polvo sobre mi mesilla de noche mientras Mickey devoraba libro tras libro. Hasta leyó toda la serie de Puck, unos volúmenes ñoños para adolescentes, ya viejos cuando se convirtieron para mí en una obligación, sustitución involuntaria de Stephen King. Dijo que quería conocer cosas de mi infancia, sin olvidar el presente. ¿Cómo había podido dejar de leer el libro que tenía en mi mesilla? Él lo acabó en un fin de semana. Se lo habían aconsejado media docena de personas diferentes, y él estaba de acuerdo con ellas: le pareció una novela muy necesaria. Asegura que soy la única persona que conoce que no le haya gustado.
¿Por qué no te gusta? Mickey me pregunta y sólo sé encogerme de hombros.
Recuerdo los atentados escuchados en la radio a primera hora de la mañana mezclados con el olor a café y a tostadas. Recuerdo a mi padre tumbándose en el suelo para mirar los bajos del coche, y la vergüenza que sentía porque la gente alrededor nos miraban extrañados. Recuerdo las palabras sosegadas de algunos militares que estaban a favor de la autodeterminación de los vascos para acabar con los atentados y recuerdo a otros furibundos que pedían que se colocara un muro muy alto alrededor del País Vasco, se fumigara con gasolina y se tirara una cerilla. Recuerdo mis paquetes de libros secuestrados durante días por culpa de algún escáner estropeado. Recuerdo la tensión de mi madre y hermanos cuando temían reconocer las iniciales de algún amigo entre las víctimas de los terroristas... Recuerdo que hace poco pensé que estaba muy bien no tener que enfrentarse a la repetición de aquella monotonía matutina de los atentados.
¿No me gusta leer sobre el terrorismo de ETA? Si ese libro hubiera llegado tres lustros antes lo habría venerado. Ahora sólo me parece una parodia estereotipada del pasado.
He llorado por Guille como si hubiera muerto. He recuperado el placer por la lectura después de deshacerme de Patria. He reconocido que quiero a Mickey. El despacho/casa de la azotea de la calle San Antón ha vuelto a mí. He recuperado a algunos viejos amigos y trasmutado a familiares políticos en amigos. Ahora las series surcoreanas me parecen ñoñas incluso para disfrutarlas en momentos de pereza. La música k-pop ha corrido la misma suerte. Hasta he perdido el miedo a teclear una letra tras otra y convertirlas en palabras.
De la feria de Málaga fui a Barcelona, sin Mickey al principio. No quería arrastrarlo a una ciudad herida por el atentado. Al abrir la puerta del piso de la Diagonal y ver el suelo tapizado por los libros que deberían haber estado en las estanterías -una rabieta más de Guille-, y comprendí que mi Guille ya no existía. Su propia madre y hermana se dieron cuenta mucho antes que yo. Ahora son mis amigas.
El piso de la calle San Antón lo recuperé con chantaje. Ya no le tengo ningún respeto a Guille.
Entre cajas de mudanza y roces comprendí que tengo muchas cosas en común con Mickey. Tal vez la falta de presión por hacer de lo nuestro una relación duradera y sólida, sea la mayor de ella.
Qué extraño. El mundo parece deshacerse en pedazos por culpa de las catástrofes naturales, la torpeza política y la estupidez humana; pero, para mí, es uno de los momentos más apacibles y placenteros que recuerdo en años.
Uno de mis primos asegura tener recuerdos de cuando mamaba. Dudo que un cerebro tan inmaduro esté preparado para conservar en la memoria algo fuera de lo imprescindiblemente necesario para la subsistencia. Pero ninguno de los que conocemos bien a mi primo, ponemos en duda ese recuerdo porque para él es algo agradable y, por los muchos detalles que da, algo incestuoso.
Esta mañana en el supermercado había cola, una extraña excepción para la primera hora de un sábado de agosto. Una señora con un carro atestado, un señor al que llaman en el barrio Gargamel, yo y una mujer joven con un bebé en un cochecito. El bebé tenía la belleza, o fealdad, según los ojos del observador, de un animal recién nacido. Durante el tiempo que recorrí los pasillos del supermercado, la banda sonora fue el llanto desconsolado del niño. De repente se hizo el silencio y eso me hizo girar la cabeza. El bebé estaba conectado al pecho de su madre y chupaba mu-mu-mu-mu... Yo bloqueaba la visión de la madre e hijo al señor Gargamel, porque es retaco. Se esforzó por mirar detrás de mí. Algo tan inocente como una madre dando de mamar a su hijo lo enfureció. Farfulló un: descarada. Hasta que fue atendido, el hombre cada minuto se esforzaba por mirar detrás de mí y negaba. Cuando se fue la cajera le pidió a la madre que no le hiciera caso. Hace pocos días el mismo hombre y en el mismo lugar, criticó a un chaval por llevar coleta, dijo que era muy femenino. La novia del chaval estaba presente y estuvo a punto de arañar la cara del señor Gargamel, sólo el insultado pudo evitarlo.
Cuando era pequeña, mi hermano mediano me enseñó que para cabrear a mi hermano mayor sólo tenía que repetir una y otra vez: Niño al agua. Niño al agua. Se ha caído un niño al agua.... La frase la había sacado de una película (no sé cuál), y la verdad es que resultaba efectivo. Antes de poder repetir por tercera vez aquellas palabras, ya estaba bocabajo, cogida por los tobillos.
En mi anterior piso, sobre todo en los meses de verano, de 6 a 8 de la tarde, recordaba constantemente aquella frase porque un chaval de los alrededores ensayaba con su tuba una y otra vez, repitiendo la melodía difícilmente reconocible de la Guerra de las Galaxias.
Hace un rato he dejado el trabajo que estoy haciendo porque fuera se escuchaba música (son las seis). Parecía un disco de Paco de Lucía o de algún otro guitarrista muy bueno de flamenco. La música ha cesado, se ha escuchado un carraspeo, y reanudado con una voz femenina que susurraba una canción muy bajita, Ha durado muy poco. Un: Que te calles, coño, ha devuelto el silencio.
Estoy enfada con Donald Trump y Kim Jong-un por parecer un par de críos enfurruñados y a punto de estallar. Lo malo es que si lo hacen, quien pierde siempre serán los otros.
Estoy enfadada conmigo misma porque fantaseo con un dron persiguiendo al dictador norcoreano. Para que no sufra su pueblo, la única solución que se me ocurre es su prematura desaparición. Sin líder, el pueblo recién destetado aceptará sin perjuicios el amparo de Corea del Sur, una unificación pacífica.
Estoy enfadada con el Ayuntamiento de Granada porque pretenden dar la granada de oro a dos figuras religiosas. Puestos a reconocerles méritos a objetos, podrían dárselas a los leones de la Alhambra, en recuerdo a las manos que los labró y a las muchas que los han restaurado.
Estoy enfadada con los técnicos de la luz porque la semana pasada vinieron al barrio a interrumpir una conexión ilegal que alimentaba una plantación de maría y durante tres horas esas plantas fueran las únicas que disfrutaron de iluminación artificial.
Estoy enfadada con el cariño excesivo que demuestran políticos y nacionalistas por Cataluña. Tanto cariño va a terminar destruyéndola.
Estoy enfadada con la periodista de El País que, al relatar la noticia de la detención del corredor que empuja a una mujer y al caer al suelo está a punto de ser atropellada por un autobús, afirma que la mujer había invadido el camino del corredor cuando, sobre todo en las imágenes a cámara lenta, se comprueba que el hombre va a buscarla intencionadamente, estándo aún a varios metros de distancia, sigue corriendo sin mirar y vuelve a su trayectoria.
Seguramente estaré enfadada por más cosas, pero en este momento no me apetece recordar.
También debería estar enfadada con Guille por haberme destrozado la comodidad y monotonía hasta extremos inimaginables; pero sólo estoy enfadada por no poder enfadarme con él: al final a quien más se le fastidió la vida fue a él.
Intento acomodarme en el ciberespacio. Me gusta entrar en foros, encontrar a gente que opina, piensa, discrepa, discute... El blog de Antonio Muñoz Molina estaba muy bien, pero el nivel intelectual de quienes entran en él es muy elevado; hasta escriben libros y se los editan con prólogo del propio AMM. Prefiero no recapacitar y darme cuenta las veces que habré hecho el ridículo en esa página. ¡Qué vergüenza!
He encontrado una página (ya la mencioné días atrás). El anfitrión de la página es un personaje imposible de respetar. Un engañabobos movido, supongo, por la golosina del dinero fácil. Al parecer lo llaman para explicar su teoría de migración de terremotos en la televisión chilena.
Pero sus acólitos son asombrosos. Necesitan que se les engañen. Aceptan cualquier majadería con tal se tener la fantasía de ser advertidos antes de un sismo grande. Y si les adviertes de las muchas contradicciones que tiene la teoría de ese señor, se enfadan e insultan. Es un placebo que necesitan tomar para su tranquilidad. ¿Quién no haría lo mismo en su situación?
Shhhhhh, no les rompamos su burbuja de tranquilidad.
Pero, un ápice de sentido crítico con la teoría de Aroldo Maciel. Su último "parte", basado en los terremotos que sufrieron en China hace tres días.
Fuerte temblor en China y sus posibles migraciones.
El pasado martes (8/8) por la tarde, un temblor de 6.5 grados en la escala de Richter ocurrió en el sur de China. Al atardecer, otro evento similar, pero un poco menos intenso, parece haber señalado su posible ruta. Una sacudida de 6.3 grados ha seguido y puede darnos la idea de lo que está por venir.
Uno de los terremotos se produjo en Gansú a las 13:19 UTC, el otro en Xinjiang a las 23:27.
El evento de China parece estar migrando hacia la región norte hacia Europa y por lo que indican las nuevas incidencias, el intervalo de tiempo entre los eventos tiene una velocidad aproximada de 300 km por hora. Esto puede significar una nueva ola de terremotos moderados para aquella región de Europa desde las 36 horas hasta los próximos 3 días.
¿De dónde sacará la conclusión de la velocidad a la que se trasladan los terremotos? La distancia de Gansú a Xinjiang es de 2.000 km. La diferencia de horas de los sismos, 10. De haber sacado alguna relación matemática, debería ser 200 Km/h.
En 36 horas, a 300 Km, se recorrería una distancia de 10.800 Km. En tres días, 21.600 km. A no ser que los terremotos también se echen una siesta antes de seguir su camino, en 36 horas, ya estaría fuera de Europa.
"Aquella región de Europa" ¿Mala redacción o ignorancia completa al considerar que China está en Europa?
Otra área que puede ser impactada es Europa, podría ser cercanías en el Mediterráneo en general, sobre todo Turquía y Grecia, ha sido escenario de acontecimientos moderados. Si la probabilidad mencionada se confirma, podemos tener nuevas noticias de temblores de moderados a destructivos para aquella región ya en los próximos días.
Lo raro sería decir que esa zona va a estar inactiva y acertar.
Esto deja a Chile o Argentina un poco más tranquilo, ya que la gran duda era si ese evento migraría hacia esa parte del mundo o no. Aparentemente, no será esta vez.
Lo escrito a cursiva es origen y culpa de Aroldo Maciel. Ignorancia geográfica, ignorancia matemática, ignorancia de cómo se producen los terremotos, una teoría que no acierta ni por casualidad... y a ese tipo lo llevan a la televisión.
Los datos matemáticos me los ha conseguido la prima de mi sobrina, de 8 años. Ha suspendido matemáticas y, aunque no tiene que recuperar la asignatura, entre todos le echamos una mano para que tenga un buen nivel para el siguiente curso. Se ha quedado un poco acongojada al descubrir que el radio de la Tierra tiene 6.378 km. El coche nuevo de su papi ya ha recorrido el doble.
Aprendí a montar en bicicleta en una enorme explanada delante de los hangares de los helicópteros. Sólo había un obstáculo, un palo con una manga de viento colgada en su cúspide como si fuera una bandera. A pesar de los muchos metros cuadrados libres que tenía a mi alrededor, mi única meta parecía ser chocarme contra aquella asta.
Creo que a lo largo de mi vida, mi objetivo siempre ha sido el mismo: chocarme contra los obstáculos.
Aún hoy, a pesar del tiempo transcurrido desde que dejé el colegio, los miércoles me producen una extraña sensación de desasosiego y angustia. Los miércoles se podían considerar como las lejanas puertas del fin de semana, la promesa de que las clases se acabarían pronto y volvería a casa. Pero los miércoles a primera hora tocaba lengua y eso era aterrador. Mis dictados rara vez no parecían un mar de sangre por las faltas de ortografía y mientras mis compañeras se deslizaban con la facilidad de patinadoras por los textos escritos, yo tenía que triturar y deglutir cada una de aquellas palabras.
Mickey moscardea a mi alrededor cuando escribo algo, aunque sólo sea la lista de la compra. Me corrige, intenta enseñarme. Dice que mi escritura se semejante a los trajes de Agatha Ruiz de la Prada, y que debo aspirar al blanco absoluto. Me quejo. Si me obliga a esforzarme, ya no será divertido escribir y volveré a los dictados.
¿Cómo he acabado con él? Es como si otra vez me hubiera chocado con la bici contra el palo de la manga del viento.
¿Cuándo lo harán? Hace tiempo que llevo preguntándome cuándo llegará una ley que regule el uso, diseño y compra de drones en nuestro país. Seguro que será demasiado tarde, después de que uno de esos chismes provoque un accidente y mueran las 200 personas de un avión.
Hoy un dron ha impedido el aterrizaje de dos aviones en el aeropuerto de Lisboa. Tal vez no deberían dar esa noticia. De repente imagino a un puñado de imitadores aplaudiendo como focas amaestradas (que me perdonen las focas) eufóricos por la trastada que han hecho, sin querer ser conscientes de las vidas que han puesto en peligro ni de las molestias que han causado a un montón de personas.
Existen más razones por las que en un aeropuerto se puede colar un dron. Por alguna razón dan cursos de aprendizaje de vuelos de drones junto a aeropuertos (algo que parece una insensatez). Si estás aprendiendo la izquierda se puede convertir en derecha y colar el aparato no se debe. Y el compañero de Guille, que es muy bueno para encontrar lo peor de lo malo, pensaba que los drones podrían servir para burlar las aduanas. Objetos y sustancias prohibidas que entran y salen de las bodegas de los aviones sin ningún control, sólo con el beneplácito remunerado de algún encargado.
En la mente retorcida del colega de Guille se escondían cientos de usos de dudosa legalidad, o de clara ilegalidad. Están tardando en limitar el uso de esos aparentes juguetitos inofensivos.
Al otro lado del parque al que da mi balcón, hay un supermercado, no muy grande, el típico de barrio. Y como casi todos los supermercados, tiene su pedigüeño. Es un hombre muy flaco y renegrido por el sol, rumano, probablemente. Lo he visto hablar con algunas mujeres de esa nacionalidad. Es fácil distinguirlas porque suelen ir uniformadas, con sus faldas largas de colores brillantes y un pañuelo cubriéndoles la cabeza. El hombre llega una hora después de abrir el supermercado, esgrimiendo una muleta como si fuera una lanza. No la necesita. Camina desgarbado porque es muy flaco y las articulaciones parecen a punto de quebrársele, pero sin dificultad. La muleta es parte de su atrezo. La deja junto a él, en el suelo donde se sienta sobre un montón de cartones que los del supermercado suelen abandonar fuera del contenedor de papel porque siempre está lleno. A ratos enseña un hombro en el que tiene un costurón antiguo, casi mimetizado con la piel.
Lo observo. Pasan diez personas y ninguna le echa monedas en su vaso de plástico. En diez minutos, lo que tardo en beberme un vaso de zumo que termina recalentado en mi mano, sólo recibe dos limosnas. Si la cantidad es proporcional a lo que tarda en borrarse de su rostro la sonrisa que les dedica, sospecho que sólo le habrán dado unos céntimos.
Pasa el tiempo. Llega el mediodía y mientras hablo con mi madre por teléfono, me asomo de nuevo. Los rayos verticales del sol se han engullido la sombra que lo resguardaba, pero parece inmune al calor y a la pestilencia de los contenedores de basura que tiene muy cerca de él. Una mujer que sale del supermercado no le ofrece dinero, le da una lata de Coca-cola. El hombre la agradece inclinando la cabeza. La engulle sin apartar los labios de la lata, sin tregua, de un interminable sorbo. Tres personas más echan dinero en el vaso. Una mujer no suelta monedas pero sí le da la tabarra durante un rato. El hombre le enseña la cicatriz del hombro y la muleta. Será un alma caritativa que quiere hacerle comprender que debe buscar un trabajo decente.
¿Cuánto sacará al día? Desde la mesa de trabajo lo veo. Giro la cabeza hacia la derecha de vez en cuando. En toda la mañana creo que no se ha levantado ni una vez. Desaparece en cuanto las chicas del supermercado salen para bajar la persiana metálica a las dos y media. Se aleja arrastrando la muleta, sujetándola con la axila, y enseñándole a la gente con la que se cruza en el camino su vaso de plástico. Mañana volverá a fichar a la misma hora.
Vivo rodeada de un montón de personas furibundas a las que les gusta demostrar a pleno pulmón lo enfadadas que están, sobre todo después del anochecer. Ayer, cuando apenas había conseguido dormirme, desperté por el llanto de una mujer ; era semejante al maullido de un gato. Mi subconsciente es selectivo. Los gritos previos me permitieron seguir durmiendo sin problema, aunque asegura Mickey que eran como un matadero donde desollan vivos a los animales. Nuestro vecinos de arriban se peleaban. Los conocemos. La mujer tiene una voz muy dulce, de niña pequeña, tan melosa por su timbre agudo que dan ganas de taparle la boca cuando, encima, habla utilizando una retahíla de diminutivos. Peleaban por algo del pasado. La mujer aseguraba que Pablito, el hijo mayor de la pareja, padece asma porque la familia del marido la obligó a limpiar todo un remolque de panochas cuando estaba embarazada de 8 meses. La mujer lloraba por la adolescente boba e ingenua que fue, incapaz de defenderse a sí misma. La mujer hace ruiditos al caminar. La hemos visto un par de veces en la calle y a cada paso que da sus muslos suenan: ras-ras-ras... como los muebles oxidados de un colchón bajo una pareja de amantes fornicando. Supongo que llevará algún tipo de prenda de tortura que aprisiona sus carnes, sofocándola. Del marido, exceptuando que es anodino y está casado con esa extraña mujer, no se puede decir nada.
Al rato, aunque me dio la sensación de haber simplemente pestañeado, volví a despertar por otra bronca. Una abuela llamaba puta a la madre de su nieta y a la propia nieta, asegurándole que si se quedaba preñada ella no cuidaría del bebé. La nieta bisbiseaba hasta que la persistencia de la abuela le hizo perder los nervios: Coño, Yaya, que he estado en Bérchules con papá. Pregúntale a él. Funcionó, se hizo el silencio durante un rato, hasta que amaneció y dos hombres jóvenes discutían por ver quién iba a utilizar el baño antes. La luz del día fue un antídoto para la rabia: todos se callaron.
Toda la ciudad parece estar de vacaciones. Son las ocho, pero el único ruido fuera es el de los pájaros escondidos en los árboles. Es la única época del año en la que no resulta imposible aparcar, también es la única época del año en la que debes caminar más de diez minutos para encontrar un bar abierto. Casi todos tienen un cartel con Cerrado por Vacaciones.
Hoy no me han despertado los pájaros, ni la sirena de un coche policía de la comisaría que tengo cerca de casa, tampoco los pitidos de quien sale de la cochera y se anuncia para evitar atropellar a alguien en la acera, ni siquiera el camión que recoge los contenedores de una obra interminable en este mismo bloque. Hoy me ha despertado la música de El Hombre de la Mancha. Tango más de 2.000 discos compactos, y entre todos ellos es el que Mickey ha escogido para escuchar mientras prepara el desayuno. ¿Cómo es posible que me hubiera olvidado de esa música?