jueves, 20 de febrero de 2014

La Canica Iridiscente - Sinfonía del Nuevo Mundo

Gritos. La inesperada aceleración ha provocado la muerte a una décima parte del pasaje, pero nadie contabiliza las bajas. Es difícil preocuparse por lo que ocurre a otros cuando la propia sangre se acumula en las piernas y el corazón no tiene fuerza para bombearla al cerebro. Para el general Sagrado el mundo pierde sus colores, la increíble policromía de Júpiter sólo es una mancha con muchos matices de grises. Antes de perder la consciencia, su campo de visión se reduce hasta ser sólo una luz al final de un túnel interminable. No existe un último pensamiento voluntario cuando el general Sagrado cree estar a punto de cruzar el umbral hacía la inexistencia infinita. Sí, cuando abre los ojos y se asombra de estar aún con vida y de ver que la aceleración ha bajado hasta 2 g, aunque continúan acercándose a una velocidad vertiginosa al gigante gaseoso. Piensa en Veintitrés. Quiere tenerla entre sus brazos cuando entren en la atmósfera joviana y mueran por las sacudidas de los vientos huracanados o ahogados en el núcleo líquido del planeta.

Sangre. No hay que contabilizar los muertos porque muy pronto, supone el general Sagrado, todos lo estarán. Sigue un reguero que comienza a las puertas de la sala de mandos y termina al final del pasillo, donde Veintitrés hace la reanimación al sujeto que muy poco antes le había encañonada con una pistola. No hay nada que hacer. Tiene el cráneo aplastado. Pero la mujer no se da por vencida hasta que el general le coloca una mano en el hombro de metal. Déjalo. No lo despiertes para que muera dos veces en veinte minutos. La capa metálica que cubre el cuerpo de Veintitrés como una coraza, la ha protegido de los golpes; la presencia del general la protege del miedo y la locura al saber que van a morir en breve. Piensan que nada importa si pueden estar juntos; y parece que nadie se lo va a impedir. Atrás, en la sala de mandos, quedó el hostigador de la futura matanza, desmayado en su sillón, con un arma sobre la mesa, la cabeza ladeada y la lengua fuera. En el chip que, como todos los demás viajeros, tiene implantado en el antebrazo, informa de su nombre terrestre: Urbano Navas Orozco, de su nombre en la nave: Uno; y de las mil pequeñas menudencias que son aconsejables informar ante un médico. Pero no se hace mención a su culpabilidad en la destrucción de la Tierra y del exterminio de miles de especies de seres vivos. Otros investigaban y él debía limitarse a pagar. Si algo sabe Uno, es que todo tiene un precio: él pudo costear la destrucción total de un planeta. Desde el carísimo oxicrack que regaló como si fueran chucherías sabiendo de antemano las consecuencias, a los sabotajes del resto de naves.

Calor. La superficie de Veintitrés es fría, pero su interior conserva la calidez con la que el general Sagrado soñó todas las noches que la mantuvieron alejada de las yemas de sus dedos. Se han refugiado en la angosta cabina de un inodoro. Durante unos minutos temen las sacudidas que anuncien el final definitivo; inmediatamente se impone la necesidad de acabar con la prolongada abstinencia.

Luz. La claridad que se cuela por los ojos de buey de la nave ya no está teñida de naranja. Es una luz blanca. limpia y cegadora. El general y Veintitrés recorren los pasillos buscando por las pequeñas porciones de universo que permiten ver las ventanas, un punto de referencia conocido. No está Júpiter ni el lejano y frío Sol ni Saturno ensartado en sus anillos. En su lugar contemplan un par de estrellas gigantescas que giran y danzan al unísono y un planeta muy cercano cuyo color es un doloroso recuerdo del hogar perdido. Bienvenidos a Urbania, farfulla Uno por megafonía.



Frío. Es la primera vez en muchos años que las uñas del general Sagrado se tiñen de azul por culpa de las bajas temperaturas, que oscilan en todo el planeta, según los científicos de la nave, entre cero y diez grados Celsius. El aire es respirable, limpio, saturado de oxígeno. Lo emborracha y hace sentir eufórico, sonreír, a pesar de haber dejado a Veintitrés en la Santa María con una pistola apuntándole a la cabeza. Así lo han obligado a descender sin otra protección que un grueso abrigo de plumas. Antes de que al general se le ocurra preguntarse cómo, a pesar del frío, en toda la superficie que sus ojos abarca crece una capa tupida y uniforme de hierba, se le acerca la explicación en forma de gigantesco globo transparente. Deduce que es un artefacto sólo porque los científicos afirmaron que en el planeta no existen animales pluricelulares. Cuando lo tiene sobre la cabeza, puede sentir la corriente de aire cálido que permite al armatoste elevarse y volar a la deriva, con la suave brisa que convierte la superficie verde en un mar en calma. El general no tiene miedo porque sólo parece una gigantesca bolsa de plástico; hasta que el artefacto emite un sonido parecido al ulular del viento, y en el horizonte muy próximo -se encuentra rodeado de cerros- en todas las direcciones, el impoluto cielo azul se llena de enormes globos transparentes.

Con la colaboración de Ltenio00

Continuará....

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