viernes, 10 de enero de 2014

Un hijo de púa de dos pares de cajones

Con las historias que Stephen King nos cuenta en sus libros, no cabe preguntarse si en algún momento las va a fastidiar con una ida de olla excesiva, si no cuándo lo va a hacer. Historias muy bien hilvanadas, con un equilibrio perfecto entre la fantasía y la realidad que de repente se destroza  por culpa de detalles que no son creíbles y a los que, por lo general, no da explicación. En el último libro que me he leído de él, La Cúpula, la metedura de pata está en el final que le da. Convierte las mil y pico páginas del libraco, en un cuento infantil. 



La Cúpula (una de las pocas excepciones en las que el libro de Stephen King está mejor que la película o serie) es como El Señor de las Moscas, sustituyendo la isla por una carcasa, una barrera invisible, que aísla a un pueblo completo del resto del mundo. Me gusta mucho el personaje malo de la novela. Big Jim, un aparente santurrón, incapaz de decir tacos por creer que molesta a Dios, pero que no tiene ningún problema en cargarse a todo el que se interponga en sus deseos de ser quien mande en el pueblo.

Si Stephen King le hubiera dado el final que parece vaticinarse desde el principio (que los extraterrestres intentan proteger a una porción pequeña de humanos -como un arca de Noé- ante un cataclismo inminente que pasa desapercibido para los humanos) habría sido incluso poético. 

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