lunes, 27 de enero de 2014

El ciclo del pollo

El inusitado viento frío de esta noche arrastra las pocas hojas que aún quedaban en los árboles  del parque que hay bajo mi azotea. Lo inusitado no es el frío, aunque estamos teniendo un invierno muy benigno; lo raro es que corra el aire a la altura del suelo. Es muy normal ver los toldos de algunas ventanas de las últimas plantas ser sacudidos por el viento como si estuvieran sufriendo un colapso, pero no suele ocurrir a ras del pavimento. Los edificios muy altos y las calles estrechas y laberínticas, son una protección que aísla el estrato más bajo de la atmósfera; permitiendo que permanezca inalterado durante días. 

Puede que no haga tanto frío como yo siento. El termómetro de la farmacia marcaba cinco grados hará sólo media hora, cuando volvía de correr. Estar encerrada durante casi todo el fin de semana en la casa de mi cuñada, me ha alterado la percepción de la temperatura. Es friolera. Entrar en sus dominios se parece bastante a la bofetada de calor que reciben los viajeros invernales al aterrizar en un país tropical. El cambio de temperatura resulta agradable durante unos minutos, los que tarda el cuerpo en absorber los grados que necesita para sentir confort. Pero inmediatamente se satura y al sudor le sigue la modorra a cualquier hora del día. Cuando era pequeña cuidábamos a los pollitos recién nacidos colocándolos en una caja y haciéndoles soportar el calor de una bombilla. Los bichos permanecían apelotonados y quietos bajo el foco, adormilados casi las 24 horas.

El tamaño del armatoste del que salía tanto calor era proporcional a los chorros de sudor que producían: una gigantesca estufa que funciona con gas butano y, en su parte delantera, tiene unas rejillas semejantes a las de los asadores de pollos. 


He pasado el fin de semana con mi cuñada porque, además de no gustarle quedarse sola (mi hermano está de viaje y mi sobrina, en casa de una amiga), el jueves por la noche sacó una fotografía a un sujeto que le estaba rayando el coche. Saltó el flash. Es comprensible que sienta miedo, aunque en la fotografía sólo se ve a medio individuo mal enfocado, vestido con una sudadera naranja y la capucha echada. 

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