miércoles, 25 de diciembre de 2013

Una negativa a tiempo

El azar quiso que esta mañana me encontrara con un antiguo compañero de trabajo paseando por la Gran Vía. Fue uno de los primeros en abandonar el barco (en irse de la empresa en la que trabajábamos) en cuanto aparecieron los primeros indicios de quiebra. Tenía pensado montar su propio despacho. Invitó a Guille a irse con él, pero Guille lo rechazó por mi culpa (no estaba invitada a formar parte de ese grupo selecto). Por supuesto, ha sido inevitable preguntarse qué habría pasado si mi futuro marido hubiera aceptado y desaparecido por completo de mi vida diaria (por aquel entonces ya salíamos, pero no era nada serio). La cosa (el despacho) acabó como era de esperar: mal (no fue culpa del compañero, si no de la situación económica). Cinco compañeros se fueron con él. Antes de finalizar el primer año, ya se veía forzado a hacerlo todo porque no había trabajo para nadie más. A veces siente tanta añoranza del jaleo y el bullicio de trabajar junto a más gente, que siempre que puede se lleva a los niños a la oficina para que hagan ruido. 

Solos, ya de vuelta, jugamos a imaginar qué habría pasado de separarnos en aquel momento. Guille cree que habría sucumbido a su antigua novia y en estos momentos estaría divorciada de ella y viviendo de nuevo con sus padres. Yo me habría vuelto una monógama múltiple, como mi hermano mayor, y no tendría ninguna razón para volver a Barcelona. Creo que la decisión que tomó Guille hace unos años -por miedo, más que por mí- nos ha beneficiado a ambos. 

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