lunes, 2 de diciembre de 2013

A perro flaco...

De pulgas, es la humanidad que tienen algunos ladrones en la barriada de El Limonar de Málaga, donde vive en la actualidad mi tío, padre de mi famosa prima Estefanía, la que tuvo un desliz con un par de compañeros de trabajo. Antes iba a todas partes ayudado por su yerno, ahora, para ir de un lado a otro, utiliza un andador (él lo llama su tacatá), y, aunque el derrame cerebral lo dejó bastante maltrecho, se maneja bien. 

Si la salud de mi tío fuera buena, su gasto mensual se reduciría a cero. Mis primos se ocupan de cubrirle todas las necesidades, menos las medicinas. Casi todas las subvenciona la Seguridad Social, pero hay algunas, especialmente caras (entre ellas unas medias ortopédicas para facilitarle la circulación), que debe pagarlas él. 

Cada dos semanas va al banco a sacar unos 300 euros. Como no le gusta ir solo, le acompaña un amigo de su mismo bloque, que, al igual que él, necesita un andador para desplazarse. Hace un mes, cuando entraban en el portal de su edificio, a la par que ellos también lo hacía una chica joven, muy bien vestida, tan escotada que parecía que se le iban a salir las margaritas (palabras textuales de mi tío). El ascensor es para cuatro personas y cada andador es como una persona tipo Botero. Mi tío y su amigo se ofrecieron a esperar a que la chica subiera a donde tuviera que ir, pero la desconocida insistió y al final subieron los tres juntos. Cuando mi tío, ya en su casa, quiso guardar el dinero en la caja fuerte, se dio cuenta que le habían cortado la cincha del bolsillo trasero del pantalón y quitado el dinero. Está convencido que le robó la chica bien vestida del ascensor porque un segundo antes, al pasar por la portería, se tentó el bolsillo y aún llevaba el dinero. Mi tío ahora se siente una presa fácil, una tentación para los ladrones a la que no saben resistirse.

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