jueves, 29 de marzo de 2012

Rabia

Esta mañana dos señores han estado discutiendo bajo mi ventana. Se peleaban por una plaza de aparcamiento. Dos minutos hubiera sido comprensible, tres minutos también... veinte minutos (desde las doce y cinco a las doce veinticinco) es de locos (aunque por esta zona aparcar en menos de cinco minutos es tan difícil como que te toque la lotería). El que ganó, el señor del coche más grande, tuvo que irse sin aparcar porque el hueco era pequeño, el coche grande y el conductor muy torpe.

Bea, la aparejadora, ha llamado para pedir disculpas. Hemos aceptado las disculpas pero ni la delineante ni yo queremos seguir trabajando con ella: nos da miedo. La carpeta que esquivó la delineante me dio de lleno a mí. Lo callé por no asustar a Guille; pero ha salido un morado y, aunque Guille no es Sherlock, ha sabido deducirlo. Ánimalico mío, quería que se endureciera mi personalidad enfrentándome a problemas tipo Bea llorosa y ahora está arrepentido, temeroso de que me hubiera pasado algo.

Mis hermanos, entre otras cosas, se dedican a diseñar piezas de moto (y yo se las calculo). Le vendieron a un señor un montón de piezas bastante baratas con la promesa de que no las venderían en España para que no les pise el mercado. En cuanto le entregaron la primera remesa, lo primero que hizo fue irse a una carrera en el circuito de Ricardo Tormo y montar su tenderete. No han tardado en enterarse de las auténticas razones de este señor. Se dedica a hacer pedidos muy grandes, con lo que abarata el precio de las piezas. Cuando tiene la primera entrega de piezas hace que el fabricante se enfade con él y rompa el contrato. Pequeña cantidad de piezas (las que realmente tienen salida) a precios muy baratos. 

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