Despertar por recibir de lleno un barreño de agua helada en plena cara, sería mucho más placentero que hacerlo como consecuencia de vibrar mis tímpanos ante el estruendo de las fanfarrias de una banda de música de barrio. Si existe la palabra coulrofobia para definir el miedo a los payasos, deberían inventar otra para expresar la aversión a las bandas de música. La que suele acompañar un paso de Semana Santa de alguna iglesia de la zona, se le ocurrió hoy avisarnos del inicio de la Navidad hilando cancioncillas desafinadas a lo largo de toda la mañana. No sé cuándo empezaron. Para quien se tiró toda la noche trabajando, hasta que el cielo estaba completamente iluminado por el sol, oculto tras un grueso manto de nubes, como hice yo, cualquier hora antes de la del almuerzo, se puede considerar madrugada; pero esta ciudad no es plural. Parece respetar sólo a los católicos que tienen una vida diurna. Quienes queremos dormir de día o ignorar la fecha que se aproximan, nos es imposible, por la música, como la de esta mañana, a la que se alió el vacío reciente del Hotel San Antón, convertido en una gigantesca caja de resonancia, y las luces, tan cutres y mortecinas en algunas calles, como las de la San Antón o Alhamar, que recuerdan la iluminación tristona y deteriorada de las ferias de pueblo. También permite recordar a las ferias de pueblo las golosinas que venden en los tenderetes de la Plaza Bib-Rambla: esponjosos algodones de azúcar de color rosa, enormes chupetes de caramelo, calabaza confitada, trozos de coco, almendras garrapiñadas... es como si hubiéramos vuelto al pasado, a tiempos de la infancia. Mientras me dejaba arrastrar por la marea humana (esta tarde todos los habitantes de esta ciudad parecían haberse puesto de acuerdo para tropezarse por las calles del centro), obligada a un paso lento y tortuoso (llegaba tarde a la cita que tenía con una amiga que vive junto a la Catedral), a pedir constantemente disculpa por los empellones que la impaciencia no me permitía evitar; pensé que sólo hacía falta una tómbola ofertando como premio gordo, una bonita muñeca repollo de imitación.
En la casa de mi amiga me ofrecieron polvorones y una copa de anís. Y esto sólo acaba de empezar...



