martes, 2 de diciembre de 2014

Un gran día

Después de una semana de más de 50 horas de trabajo, ayer iba a ser un día de sosiego, tranquilidad y pereza. (Inocentes los dirigentes de Podemos, que proclaman las semanas laborales de 35 horas). Sólo tenía que entregar una documentación a primera hora de la mañana. Hace unos años la primera hora de la mañana no pasaba de las siete; ahora, a duras penas llega a las 8 y media. Los días que he optado por hacer novillos, me gusta que una obligación me expele de la cama temprano; en caso contrario, suelo desperdiciar la mañana en ese ensayo de la muerte que se llama dormir. A las nueve era completamente libre, con la posibilidad de regresar con mucha lentitud a casa. Estaba en la zona norte de la ciudad, a donde sólo las obligaciones arrastra a los ciudadanos que vivimos en partes menos marginadas. A las nueve y cinco un amigo me llamaba. Su intención original era invitarme a una reunión que tenía con algunos inversores; pero eso no lo hizo hasta mucho después, cuando sólo quedaba media hora para el acontecimiento. Acababa de esquivar dos ruedas delanteras de un tráiler cuando venía de Málaga a Granada, a la altura de Loja. En eso momento era lo único que ocupaba, comprensiblemente, su mente, y fue lo que me contó. El resto de mi infinita y extensa mañana la engulló con avariciosa gula las necesidades informáticas de un compañero (sólo indicaré que el tono con la música de Psicosis me advierte de sus llamadas y que en una ocasión que se le quedó colgado el portátil, me llamó para preguntarme, todo alarmado, cómo apagarlo). 

A la reunión llegué con el sabor de la comida en la boca y el ruido de líquido descendiendo por mis intestinos, como si se trataran de tuberías vacías. A tres inversores, mi amigo, que es corredor (realmente no sé qué implica su trabajo) y a mí, nos invitaron a visitar un carmen del Albaycín. Los cármenes son como los huevos Kinder: lo sorprendente está dentro, al otro lado de tapias lisas con, como mucho, están invadidas por yedra que chorrea por sus paramentos, forzando a la imaginación a sospechar lo que hay al otro lado. 

Las últimas modificaciones del edificio databan de 1.920 (según el catastro). Se trata de una construcción parcialmente protegida: la carcasa hay que respetarla, pero el interior de la vivienda puede sufrir las modificaciones que se deseen. Lo había deteriorado, a partes iguales, la humedad, el abandono y los okupas. Milagrosamente una cristalera art decó permanecía casi intacta y sólo la vegetación que crecía agreste en el jardín, impedía que el sol de la tarde llenara de colores las paredes y el suelo de la habitación. 

Creo que fui la única del grupo que disfrutó de la visita. Los tres inversores no aceptaban la idea de no poder tirar el edificio completamente, ocupar todo el solar, invadido por un enorme vergel, y construir pequeños apartamentos con terraza que tuvieran vistas a la Alhambra. Mi amigo, el corredor, tuvo mala suerte y una rasilla rota del forjado sanitario cedió bajo su peso. Por fortuna el buen comer satisfecho con delicatessen no produce los mismos efectos que la glotonería satisfecha con comida basura. De haber pesado un poco más y cedido todo el suelo que lo sustentaba, podría haberse hecho bastante daño. 

Ayer tuvo un gran día: esquivó un accidente grave de coche, evitó romperse los tobillos y ninguno de los inversores, tan preocupados por las ganancias que el patrimonio de la humanidad sólo era una molestia para conseguir sus fines; lo tentó haciéndole una oferta. 

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