martes, 22 de noviembre de 2016

El domador de bestias

Un mujeriego que seduce a una niña mojigata e inocente. Un mujer joven aburrida y agotada de estar bajo las órdenes de unos padres muy protectores. Una pareja que se enamora y casa demasiado jóvenes para saber a qué se enfrentaban. Parecen tres historias diferentes, pero es la misma. Las tres versiones auténticas y falsas a la vez, dependiendo de quién la relate. Seguramente habrá una cuarta y una quinta versión, la de los padres del hombre, mi suegro biológico: una casquivana que seduce a un muchacho sin muchas luces.  

Estos días que Guille no está y comparto a solas muchos momentos con su madre, me hace su confidente. Por primera vez me habla directamente del padre de Guille. Su primer matrimonio, apresurado que costó más dinero descomponer que componer. Mi suegra se casó con el primer hombre decente que le propuso matrimonio porque no se llevaba bien con sus padres, con su madre en concreto. Aunque ahora la recuerda con cariño, está convencida que la madre la quería para ella sola, para que le hiciera compañía si enviudaba. Asegura que sería muy fácil echar la culpa del fracaso de su primer matrimonio a su madre, entrometida hasta en los más mínimos detalles; pero no se miente, y mi suegra sabe que fue culpa suya. Se creía capaz de cambiar al padre de Guille. Acomodarlo a su forma de ser, y por supuesto, se equivocó. 

Está convencida que Guille sí lo habría hecho cambiar, si le hubiera dado un poco de tiempo, porque su hijo se obstina tanto en que la gente razone, que consigue que nadie discuta a su alrededor. ¿A quién habrá salido?, se pregunta su propia madre. Los otros dos hijos no se le parecen en nada. Estoy convencida que la genética no ha tenido nada que ver en la idiosincrasia de Guille. Se ha contagiado de la forma de ser de su padre no biológico, por mimetismo y porque se sentía agradecido con aquel hombre que no siendo de su propia sangre, lo trató siempre como uno más de sus hijos. 

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