lunes, 23 de mayo de 2016

Los miserables

Mal asunto tener miedo de los bichos cuando vives en mitad del campo y tienes muchas posibilidades de despertar alguna de las últimas mañanas de septiembre y encontrar las paredes del dormitorio tachonadas por media docena de lagartijas que buscan el calor del interior y de los primeros rayos de sol que se derraman en los paramentos. Yo nunca tuve ese problema, o puede que sí, pero mi memoria lo ha borrado. A mi amiga Belén le ocurrió en una ocasión. Las lagartijas se colaron por alguna rendija de las ventana y su grito fue el despertador de muchos. 

Siempre tuve envidia de su fragilidad. De su piel lechosa, como la de un bebé, impoluta, a la que jamás le daba el sol porque sus padres no la dejaban salir apenas a jugar con nosotros. Y del instinto de protección que incitaba a todos. Incluso a mis hermanos, que, afirmación propia, eran más brutos que unas bragas de esparto. En una ocasión intentaron hacerle comprender que era absurdo tener miedo de los insectos y los bichos. Ellos tienen más miedo de ti que tú de ellos, les dijeron. Sin resultado, porque siguió sufriendo ataques de histeria ante un simple escarabajo pelotero o una bicha. 

La semana pasada recordé a mi amiga Belén cuando yo misma sufrí un ataque semejante a los de su infancia. Pero mi animal era bípedo, barbado, enclenque, larguirucho, vestía un mono azul de trabajo y, como aseguraban mis hermanos, él nos tenía más miedo a nosotros que nosotros a él. Estábamos midiendo un edificio en el centro histórico de Granada. Guille me acompañaba. Supuestamente el edificio estaba deshabitado. Se escuchaban ruidos; pero es algo normal, achacable a las ratas, algún gato despistado o a los edificios colindantes (en las construcciones antiguas la insonorización es pésima). Abrí una alacena para medirla, y allí estaba él, con las dos manos sobre la boca para silenciar un grito y las piernas cruzadas, probablemente para evitar orinarse encima. Yo sí grite, y Guille me aseguró que también lo hizo (aunque Guille en muchas ocasiones se hace partícipe de mis debilidades para que no me sienta una idiota). 

Debería haberlo intuido. En la planta baja del edificio había un par de habitaciones donde no reinaba el caos de objetos baratos, inútiles y viejos tan típico de las viviendas pertenecientes a la última rama de un árbol familiar caído. En esas habitaciones incluso estaba limpio el polvo y existía un orden absurdo y digno entre paredes saturadas de humedad y suelos mellados en las que las losetas que no faltaban, bailaban sueltas por la irregularidad del terreno. 



No nos aceptó una invitación a comer por el miedo que le hicimos pasar. Pero nos acompañó mientras medíamos. El hombre vive en el edificio abandonado. Lo conocía porque su abuela fue portera en él. Señaló el recinto que había habitado  la mujer: 12 m² con un retrete, sin más aparatos sanitarios, sin cocina, con la mitad del techo inclinado porque ocupaba parte de la zanca de la escalera.

El hombre tiene uno de esos rostros extraños y peculiares a los que afean las sonrisas. Algunas personas parecen destinadas genéticamente a la tristeza.  Como buen anfitrión, cuando terminamos el trabajo, nos acompañó a la puerta para despedirnos. Me dolió decirle que el futuro de su vivienda es más corto que el de la estación que se avecina. 

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