martes, 27 de octubre de 2015

La realidad de los caballitos de mar voladores

A menudo encender la luz en mitad de la noche y recién escapada del sueño, significa convertir un caballito de mar volador en un flexo viejo y destartalado, una bombilla de ahorro energético que sobresale, como si fuera un hocico, y un pañuelo arrugado pillado en su base, sobre la mesa de vidrio que Guille utiliza para trabajar. Le tengo cariño a ese flexo. Ahora lo ha heredado él porque yo prefiero la luz tenue e indirecta para trabajar. Creo que sus orígenes se remontan a mis años de instituto. No es bonito, no tiene nada de especial. Es plateado, de chapa de aluminio conformada y a casi todos los que lo ven recuerdan a esas lámparas con las que un policía intenta sonsacar una confesión al malo en las películas antiguas de intriga. La luz destroza el milagro de estar ante un caballito marino que flota ingrávido en mitad de la habitación. 

Hoy, o ayer -son las siete y pico pero aún no he dormido-, hemos tenido una reunión de vecinos. Hace falta pintar el patio interior. Es como una chimenea gigantesca sin tiro a la que dan las ventanas de los lavaderos y las cocinas. La humedad se acumula, descascarilla la pintura y el revestimiento, que parece haber sido hecho con yeso en lugar de cemento, se cubre de verdín, como si fuera un arroyuelo del norte, constantemente húmedo. Propuse pedirle presupuesto al mejor pintor que conozco. Es concienzudo, pulcro, perfeccionista, delicado... cuando comienza a trabajar es como si no necesitara descansos. 

Todos estuvieron de acuerdo, menos mi vecina del segundo. Se considera una mujer buena. En más de una ocasión la he escuchado asegurar que Dios no puede castigarla porque no ha hecho mal a nadie. La mayoría también nos consideramos buena gente, aunque seamos unos hijos de puta. La objeción de mi vecina: mi pintor se llama Osvaldo. 

A veces es preferible que la luz permanezca apagada. 

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