domingo, 31 de mayo de 2015

Porque somos inmortales

En todas las películas de miedo que se precien, e incluso en las muy malas, al final, cuando todo parece concluido, cuando el malo parece muerto y los buenos a salvo, hay un epílogo, una promesa de que el mal no ha desaparecido del todo. Es lo que ocurrió con la pericial que estaba haciendo: una vez concluida, después de leerla mi compañero, quien la firmará, quiso unas modificaciones, un castigo cruel que se volvió a apoderar de mi tiempo cuando pensaba que ya era dueña de él. 

Hoy debería estar ocupándome de la casa. Todas las superficies, exceptuando las de la pequeña porción de despacho que he ocupado estos días, tienen una capa de polvo que las satina y diluye sus colores. Sobre el sillón del dormitorio hay una montaña de ropa sin doblar. Las papeleras están desbordadas. Los vidrios de las ventanas parecen traslúcidos por los restos de la lluvia de hace dos días, cargada de polvo del Sahara; sólo la amenaza de tormenta de esta madrugada me permite aliviar el remordimiento de conciencia por estar tumbada en el sofá, escribiendo en la tableta, en lugar de estar limpiándolos. Únicamente la cocina está impoluta y reluciente, pero porque apenas la he utilizado estos días.

Ayer, o anteayer, mientras comprobaba por enésima vez los números de la pericial, me preguntaba si, de saber que mi vida iba a ser muy limitada, desperdiciaría tanto tiempo en un trabajo que, aunque interesante, ha sido muy tedioso. La respuesta fue no. Supongo que no haríamos casi nada de lo que las obligaciones nos imponen si tuviéramos más consciencia de nuestra mortalidad.

Mañana me ocuparé de todo. De momento, hoy, disfruto de mi día de pereza. 

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