miércoles, 19 de agosto de 2015

La lectora

Ahora que un curso retiene a Guille en Madrid, vuelvo a las costumbres y horarios que suelo tener cuando él no está. Corro de madrugada por calles aún más desiertas que en cualquier gélida noche de pleno invierno. Sólo de tarde en tarde algún grupo de energúmenos encerrados en un minibús interrumpen el silencio y sosiego de la ciudad fantasma. La boda de uno del grupo los incita a beber y la bebida a demostrar que es buena aliada de la estupidez. Es mejor esquivarlos porque harán alarde de su supuesta masculinidad sobrehumana a pleno pulmón (de noche, todas las gatas somos pardas, les sobra una figura más o menos femenina para soltar sus alaridos). No asustan frases como: Si te meto mi pollón te haré llorar lefa del gusto, niña. Con evitarlos, sólo busco el respeto a los durmientes.

Otro de los personajes que se puede encontrar en mitad de la noche, es al viajero temeroso o despistado que empuja su maleta (tac-tac-tac.. ) sobre el pavimento lleno de juntas de las aceras, en busca de una parada de taxis porque los autobuses dejan de funcionar a las 23:25.

No es de extrañar que me sorprendiera cuando ayer, a eso de la 1:05, al pasar por El Paseo de la Bomba, viera a una anciana sentada en uno de los bancos de piedra bajo el influjo del cono de luz de una farola, con un libro abierto sobre sus piernas. Desde que la visualicé desde lejos hasta que la pasé, la mujer no se movió ni un ápice. Los lectores suelen levantar la vista cuando escuchan un ruido cerca de ellos. Una hora y media más tarde, seguía en el mismo sitio y la misma posición: la cabeza gacha, una mano escondida bajo el libro y la otra apoyada sobre sus páginas.

¿Y si le pasaba algo a la mujer? Esa pregunta no me la hice hasta estar bajo el agua fría de la ducha. El silencio que impone la madrugada, no poder poner música que ahogue mis pensamientos, es muy perjudicial porque me suelo atormentar con nimiedades; aunque el caso de la quietud de la anciana no lo fue. Hace algunas semanas leí en el periódico que una octogenaria había esperado en una rotonda un autobús que nunca llegó. ¿Y si a la mujer le habían pedido que esperara sentada en el banco y se habían olvidado de ella? ¿Y si estaba inconsciente o paralizada? ¿Y si alguna enfermedad neuronal le había hecho olvidar todo, incluso cómo volver a casa?

En cuanto salí de la ducha, fui en su búsqueda. Estaba relativamente cerca de mi casa, a unos 400 o 500 metros como mucho. Había desaparecido. Puede que la mujer estuviera tan ensimismada en la lectura que nada más existiera en este mundo, ni siquiera el tiempo; o que se quedara dormida y de repente se despertara. Puede que nunca sepa qué le ocurrió. Pero eso no es lo que martiriza mi curiosidad. No saber qué libro leía es lo que realmente me atormenta. 

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