jueves, 27 de agosto de 2015

Desde fuera

Hace unas semanas venía en el periódico la declaración de un cazador que, a pesar de matar mamíferos de gran envergadura, se creía buena persona. Cuando era voluntaria en una ONG en la que nos ocupábamos en dar apoyo intelectual a los niños encerrados en reformatorios, conocí a un chaval que había rajado a su padre y su hermano pero que se consideraba buena persona. La culpa, según él, era de su padre por no haberle dejado el coche; y de su hermano, por haber defendido al viejo y no a él. Los dos habían sobrevivido, aunque el hermano con graves daños en una mano. 

Me pregunto si existe alguien en este mundo que se sienta responsable de sus actos, no se los perdone, y se considere realmente malo, un auténtico hijo de puta. 

El sueño emborracha tanto como el alcohol. Lo sé. A mí me ha ocurrido. Y una persona borracha tiende a soltar tonterías o verdades que en una situación normal se las callaría para evitar enfrentamientos. Si la alteración del raciocinio por culpa del insomnio se pudiera medir con un alcoholímetro, mi tía Lola, la mañana de la cremación de mi tío, habría superado con creces la tasa con la que se permite conducir. Había velado a su hermano durante toda la noche y estaba colocada por la falta de sueño y, seguramente, por alguna de las muchas pastillas que se toma por prescripción médica (es hipocondríaca y su médico, complaciente). 

El velatorio de mi tío fue más un acto social que uno luctuoso. Habíamos tenido mucho tiempo para llorarle. Se formaron corrillos de charla amena y nos alegramos de muchos reencuentros. En uno de esos corrillos que se hablaba de niños, mi tía Lola se interesó por mi situación. Aunque de sobra sé que mi madre la tiene puesta al día de mis problemas de gestación, volví a detallarlos. Su respuesta fue: Eso es culpa de toda la porquería que te has metido en el cuerpo antes para no tener bebés. No puede ser sano eso de andar con unos y con otros. Reconozco que mi reacción fue muy estúpida: ponerme roja como un tomate y separarme del grupo. Sé que mis primas no han sido menos promiscuas que yo, menos una de ellas que tuvo la suerte de encontrar a un buen hombre al primer intento. Pero mis primos tienen el arte de ocultarle todo aquello que mi tía considera un pecado (mi primo tiene casi 40 años y aún no se ha atrevido a confesarle que es homosexual). 

No quiero admitirlo, pero me duele la opinión de mi tía porque yo, como casi todo el mundo, me consideraba una buena persona y ahora sé que, al menos para ella, soy una furcia. 


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada