jueves, 2 de julio de 2015

La noche

Es difícil discernir cuándo se hace de noche en esta época del año. Son las diez, la luna brilla oronda y llena, pero el cielo aún no está oscuro, lo ilumina una luz sucia y escasa, coincidente con la del preludio del amanecer. Existen otros signos que delatan que ha llegado la noche: el aire se llena del aroma de las frituras del bar que tenemos al otro lado de la calle. Los olores que llegan a mi piso desde el exterior son un reloj preciso. Hasta medianoche prevalece el de las tapas, luego lo sustituye el perfume de la dama de noche del jardín de mis vecinos, y el de un macizo gigantesco de jazmines que crece salvaje en el patio de una casa abandonada, hasta las tres de la madrugada, hora a la que pasa el camión de la basura, que con el placentero silencio después del estruendo de su motor, deja la peste de los desperdicios removidos; el hedor tarda media hora en desaparecer, y si el viento corre del este, se puede percibir el olor a tierra mojada de las plantaciones recién regadas de La Vega.

Me gusta la noche. Es como si el tiempo transcurriera más lento, como si se dilatara. Permite vivir con la ficción de ser una isla, raramente interrumpida, ya ni siquiera por las carreras nocturnas porque desde que Guille regresó salimos juntos cuando comienza a anochecer. Él impone el ritmo y yo el recorrido. Resulta placentero el sobre esfuerzo. En su compañía me gusta aventurarme por rincones de las afueras de esta ciudad que creía solitarios. Por la Fuente de la Bicha o El Llano de la Perdiz, más allá del cementerio. Pero no estamos solos. Se ha puesto de moda correr de noche, iluminados por una linterna led pillada a la frente. La primera vez que vimos desde lejos a un grupo de corredores por el Barranco del Aljibe, parecía como si la noche se hubiera llenado de luciérnagas centelleantes, agitadas y nerviosas. 

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