miércoles, 12 de enero de 2011

Falsa moral





Le echo en falta. Se llamaba Nacho, Nachito, Nachete y era mi amigo. Murió el 10 de diciembre de 2010 a los 28 años de edad. Todos los panfletos médicos que hablaban de su enfermedad degenerativa lo sentenciaban a muerte antes de cumplir los 18 años, pero Nacho era un luchador. Tuvo que enfrentarse a perder la movilidad de su cuerpo poco a poco, lo que comprendía y aceptaba; pero también tuvo que enfrentarse a las personas que en su enfermedad veían muchas más limitaciones que las que realmente existían. 

Una chica se enamoró de él. Soy alma y despojo - decía Nacho-. La quiero demasiado. Jamás la haré cargar conmigo. Aunque la falsa moral de la gente tampoco me va a permitir hacerlo. Y tenía razón. Quienes aseguraban preocuparse por Nacho, quienes lo consideraban su amigo, adivinando una ruptura inmediata, para evitarle el dolor del desamor, consiguieron hacer pensar a la chica que era mala por quererlo. Y ella, que realmente sí lo quería, se fue.

Nacho era más inteligente que la mayoría de la gente que lo rodeaba. Tenía una mente preclara, lúcida, curtida en la observación. Y sin embargo muchos imaginaban que tenían derecho a imponer su proteccionismo. 

Durante unos segundos, cada vez que suena el teléfono, imagino que escucho su voz proponiendo alguna de las locuras que se le ocurrían, o contándome que se había apuntado a tal cursillo o diseñado el cartel para cualquier partido del equipo de jockey en sillas de ruedas que entrenaba. 

No es justo que ya no esté. No es justo que se tuviera que enfrentar a tantos obstáculos: los de su enfermedad y los de las gentes bienintencionadas. No es justo que una persona tan luchadora y brillante como Nacho, quede relegado al olvido. 


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