En el mismo momento que Agapito Fernández sufría la amputación de su miembro viril, Miguel el Pobre caía desde el tejado del cortijo de Miguel el Rico mientras encalaba los caballetes. Una caída desde seis metros, aparentemente sin consecuencias, de la que se levantó por su propio pie. Antes del anochecer, Miguel el Pobre moría en su cama en completa soledad y la mujer que siempre lo amó, con la que no pudo casarse por no tener donde caerse muerto, según la familia de ella, le guardó luto y lloró hasta el día que compartieron panteón.
La sangre es muy aparatosa, y un pene seccionado en dos, desde el prepucio hasta el escroto (como si fuera una baguette dispuesta para la preparación de un bocadillo) es bastante parecido a un géiser de salsa de tomate. Agapito dejó un reguero desde el huerto de su tío hasta la mitad del camino al pueblo (unos 300 metros) donde el cura lo recogió en su coche y lo llevó a la casa del único médico del lugar, en mitad de tal griterío de dolor que alertó de que algo había sucedido incluso a quienes vivían en los arrabales más apartados. La rotura de la monotonía en un lugar donde nunca sucede nada, hizo que la mayor parte de los vecinos se congregaran a la puerta de la casa del médico. La explicación que se daba a los que iban llegando era: "Agapito se quedó sin pito", cantinela que habría acompañado a los descendientes del desdichado hasta el día de hoy, de haberlos tenido.
La muerte de Miguel el Pobre fue un daño colateral del escarmiento que quisieron darle a Agapito. Si su tío o el cura del pueblo, o ambos (nunca se supo con exactitud quién fue el culpable) no hubieran colocado una cuchilla de afeitar en el agujero que Agapito había practicado en una sandía para satisfacer sus deseos sexuales, el infeliz no habría aullado de dolor al sentir la división de su virilidad y el grito no hubiera hecho perder el equilibrio a Miguel el Pobre, haciéndole caer desde el tejado. Si toda la atención de la parroquianos del bar no hubiera estado puesta en los dimes y diretes de lo ocurrido en el huerto de las sandias aquel medio día, alguno hubiera prestado atención al rostro marmoleño de Miguel cuando estuvo almorzando, e interesado por su salud. Y si el único médico local no hubiera tenido que acompañar a Agapito hasta Sevilla en el coche del cura para que no se desangrara, habría podido atender la llamada que Miguel hizo a su casa pasada la media noche.
Algunos quisieron ver en la muerte prematura de Miguel el Pobre un castigo divino por haber aceptado trabajar en la casa de Miguel el Rico. Cuando Francisca y Miguel anunciaron su matrimonio pocas semanas después de haber iniciado el noviazgo, nadie pensó, como suele ocurrir en estas ocasiones, que los forzaba a ponerse ante el altar la multiplicación de células dentro del útero de la mujer. Sabían de qué pie cojeaba el palomo, e incluso por quién sentía predilección. Se pensó que Francisca había aceptado la infelicidad en el matrimonio a cambio de una vida holgada y que el marido había tenido la desfachatez de ponerle como criado al propio amante. Semana a semana, mes a mes, quienes habían vaticinado un futuro desgraciado para Francisca, esperaban distinguir en su rostro la tristeza y verla apagarse poco a poco en soledad, pero después de únicamente dos meses, si se la miraba de perfil, además de una sonrisa radiante, lo que se distinguía era un vientre cada vez más convexo. Aquel primer hijo, Miguel de nombre, fue sietemesino, aunque nunca tuvo el don de sanar con las manos. Un año y medio después nació Purificación, otro año y medio pasó para llegaran a este mundo Fermín y Ana y otro año y medio transcurrió para que viera la luz por primera vez la benjamina: Francisca. Parecían un matrimonio normal, aunque al marido se le iban los ojos tras las camisas desabrochadas de los obreros y pasaba casi todos los fines de semana en Sevilla, en su piso de soltero, supuestamente trabajando.
Cuando la muerte convirtió a Miguel en un objeto frío, Francisca y los niños disfrutaban de unos días de playa en Cádiz. Llegó cuando ya estaba metido en el ataúd y sabían que se le había roto el bazo y desangrado silenciosamente sin derramar una gota de sangre. Francisca fue incapaz de ocultar quién era su auténtico marido. Lloró tan desconsoladamente durante todo el velatorio y el entierro, que salió a la luz lo que había podido ocultar durante seis años. Desde ese día todos la consideraron viuda, ella misma lo hizo al no mudar ni un sólo día de los que le quedó de vida sus prendas negras por alguna de color. Miguel y ella siguieron viviendo juntos, por comodidad, por costumbre o porque ya se habían encariñado el uno al otro. Un cariño fraternal en el que sobraban las habladurías de terceros.
Otra de las historias de mi abuela.