miércoles, 12 de octubre de 2016

Por fin el fin

Ayer, en el supermercado, delante de mí, en la espalda de una chica, unas mariposas revoloteaban ascendiendo hacia su nuca sin llegar nunca a destino. Estaban muy bien dibujadas, con sombras y diferentes matices de gris. Ayer aún perduraba el veranillo del membrillo o de san Miguel y a eso del mediodía resultaba agradable mostrar partes de la piel desnuda. Hoy no: el buen tiempo ha acabado. Llueve. Caen chaparrones furiosos e intermitentes, chispea entre los intervalos. El otoño se perfecciona al otro lado de las puertas de vidrio con algunas hojas secas y marrones que el viento ha traído hasta el suelo de mi azotea. Los días de este año siempre han sido contados, pero su fin ya se ha convertido en un futuro inmediato. Echo una ojeada a mis lecturas de este año porque ayer me descubrí sintiendo placer al leer un simple estudio geológico, que no es más que un tocho que explica las característica del suelo de la parcela donde se va a cimentar. ¿Por qué este año son tan pocas? Ya apenas queda tiempo para engordarlas. La respuesta está en el número de proyecto: 47, mucha morralla, pero ya algunos importantes. El año pasado sólo hubo la mitad. ¿Está acabando por fin, definitivamente, la crisis?

domingo, 9 de octubre de 2016

El regreso de Lázaro

Cuando mis hermanos utilizan el oxicorte se miran, sonríen, se ríen, sueltan una carcajada y, aún con los ojos llorosos por la risa, hacen un gesto negativo. Qué mundo más extraño este, y qué personas tan raras lo habitan. 

A Ruano lo conocemos del pueblo que consideramos el de mi madre, en el que pasó la primera parte de su infancia. El nombre de Ruano es Luis, pero entre la chiquillería que jugaba en la plazoleta del pueblo había tantos Luis que no quedaban diminutivos cuando llegó él y en los juegos le tocó cargar con su apellido como si estuviera en la mili o la escuela. Tampoco importaba mucho. Su madre lo dejaba salir a jugar de higos a brevas. Era una de esas ausencias que no se notan. 

De la bajada de Ruano a los infiernos conocemos poco. Supongo que después de deshacerse del yugo de su madre se vio abrumado por la libertad y se ató a las drogas. De vez en cuando nos llegaba alguna noticia. Pobre y desdichada Katy que tenía que bregar con su hijo drogadicto, tan alterado que pintaba las paredes con excrementos y comía insectos. Hasta que un día nos llegó la noticia de la muerte de Ruano. La madre aceptó nuestro pésame y nosotros sus frases de desconsuelo moderado: Ese ya no era mi Luisito. Mi Luisito murió hace mucho tiempo. Mi Luisito ya no pertenecía a este mundo. Mejor que Dios se lo haya llevado: sufríamos todos, él más que nadie... 

Cuando mis hermanos hicieron uno de los últimos pedidos de bombonas de oxígeno para soldar, apareció un representante con los transportistas, trajeado, cariñoso y efusivo como jamás lo había sido Ruano durante su infancia y adolescencia. La presencia de los transportistas impidió a mis hermanos interrogar a su antiguo compañero. 

Mi madre culpa a Katy de la mentira de la muerte del hijo; mis hermanos creen que esa ha sido la única forma que Ruano ha encontrado para escapar de las garras de su madre. Puede que nunca sepamos la verdad de la muerte de Ruano, como si se tratara de un asesinato auténtico, a no ser que preguntemos a bocajarro. 

sábado, 8 de octubre de 2016

Negro sobre negro

¿Dónde están los límites del humor? Hace algunos meses Guillermo Zapata se lo preguntó, puso algunos ejemplos y eso le costó su puesto de concejal de cultura en el Ayuntamiento de Madrid. 

No estoy capacitada para discernir dónde se encuentra esa frontera. Mi humor, si existe, es diferente a la de la mayoría. Humoristas como Chiquito de la Calzada o Los Morancos no han conseguido ni siquiera hacerme sonreír, aunque películas de supuesto terror, en las que armarios se abren solos o las sillas forman una pirámide en mitad del salón, me hacen desternillarme de risa. ¿Por qué huyen los habitantes de esas casas en lugar de investigar qué ocurre? ¿Por qué tener miedo de la muerte si tienen ante las narices la evidencia que no todo se acaba al morir? 

¿De qué es lícito que nos riamos y de qué no? Por supuesto, tenemos el derecho de escogerlo cada uno (aunque en el caso de Zapata hayan querido institucionalizarlo y restringirlo). También tenemos derecho a considerar enfermo mental a quien considera que la frase: Otro caso Marta del Castillo, ja, ja, ja... es humor negro. Unas risas al final de una frase desafortunada y cruel no transforma la maldad en humor. 

Forjando anormales

Cuando mi madre compra en el mercado lentejas a granel, luego tiene que espulgarlas. Las extiende sobre la mesa de la cocina y va quitando, con mucha paciencia, trocitos de ramas o pequeños chinos. Muchas tardes de dos semanas de este veranos hemos hecho lo mismo con las fotografías aéreas sacadas por Guille. Lo contrataron para sacar el vuelo de un pueblo con el que detectar edificaciones fuera de normativa, pero antes de entregar el trabajo hubo que limpiar las fotografías, eliminar las que podían herir la sensibilidad de quien quien es observado y de quien mira. Creemos estar protegidos dentro de nuestros patios o azoteas altas, pero ya existen ojos que nos miran sin que nos percatemos. Supongo que en breve, en cuanto haya un pequeño escándalo, intentarán regular la legalidad de los drones volando espacios privados. De momento todo está en el limbo. 

Hay escenas más molestas para quien mira que para quien es observado. Ninguno de los fotogramas del montaje aéreo de Guille se puede considerar como tal, aunque en este momento conozco intimidades de conocidos que preferiría ignorar. La escena que realmente me produjo bochorno y dejó perpleja, ocurrió hace pocos días, la semana pasada. Medía un piso gigantesco en la calle San Antón, muy cerca de mi casa. Era un piso destinado a una familia numerosa, con media docena de dormitorios dobles e incluso triples gracias a las literas. Una piara de criaturas, ya crecidas. Mientras yo medía la vivienda, pululaban por las habitaciones tres hijas adolescentes y dos hijos un poco mayores. Los hijos jugaban a la play, dos de las hijas ayudaban en la cocina y otra limpiaba el polvo en el salón. Uno de los hijos pidió a la hermana que limpiaba el polvo que le llevara un flan, y ella, dócil, lo hizo. 

¿Tan atrasados estamos aún? En el pasado, durante mi niñez, me había topado con escenas semejantes. Creía que habíamos avanzado. Le comenté lo ocurrido a una compañera. Se quedó expectante. Esperaba que hubiera ocurrido algo más. Niñas colaborando en las tareas caseras y que sirven de criadas a sus hermanos masculinos. ¿Se forja así a hijos de puta como los de la violación colectiva de los San Fermines y Pozoblanco

miércoles, 5 de octubre de 2016

Un festín de los infiernos

Para mi madre, el paradigma de envidia se llama Katy. Era una amiga de infancia con la que se ha ido topando a lo largo de la vida. Cuando se vive en un cortijo, a varios kilómetros de los pueblos más cercanos, las circunstancias imponen a los amigos o su alternativa: la soledad. 

Esa mujer siempre necesitaba tener cosas mucho mejores que quienes la rodeaban, haber estado en lugares mucho más lejanos y exóticos que quienes junto a ella presumían de algún viaje y sus hijos tenían que sacar notas superiores que las de los hijos de quienes ella parecía considerar contrincantes. 

Aseguran que se alegraba del mal ajeno porque era la única forma que sus esfuerzos para estar por encima de todos podían tomarse un descanso. Por eso muchos atribuyeron a un castigo divino el que su hijo mayor cayera en las garras de las drogas. Nunca comprendí cómo se puede llamar justicia a que un hijo pague por los pecados de sus padres, como en esta ocasión. 

Pobre, desdichado, desgarbado y antisocial Ruano. La última vez que lo vi tenía 14 años, yo la mitad de su edad. Incluso hablar conmigo, que sólo era una niña, le teñía de rojo las mejillas. 

Estuvo muy enfermo. Una sobredosis revolucionó sus neuronas. Hacía cosas raras, como pensar que era Picasso y a falta de lienzo y pinturas, utilizaba las paredes y sus excrementos. También le dio por comer cucarachas vivas. 

Ayer recordé a Ruano porque al abrir la puerta del almacén de un local que tenía que medir, y que hasta hace pocos meses fue un restaurante, escapó una marabunta de cucarachas. Doscientas o trescientas cucarachas asustadas por la luz repentina del exterior (tal vez la repulsión que siento por esos bichos me hace exagerar el número). 


Fui lenta con la cámara de fotos. Las vivas escaparon despavoridas

Ruano consiguió salir de los infiernos. Se recuperó, cuando parecía completamente perdido. Ahora sí es una persona digna de admiración, aunque su madre ya nunca lo menciona. 

lunes, 3 de octubre de 2016

Sin maldad

El mundo está lleno de hijos de puta y Guille no está vacunado contra ellos. Su compañero de trabajo se ha apoderado de los prototipos de drones que había desarrollado exclusivamente Guille. Los ha patentado y pretende que Guille le pague un porcentaje por todos los trabajos topográficos que haga con ellos. Se ampara en que el 70 % del capital inicial de la empresa que montaron juntos, lo puso él. 

Guille ha estado casi todo el fin de semana sentado en el sofá, con las manos metidas en los bolsillos, la mirada perdida y esa arruga entre las cejas que le aparece cuando está preocupado. La arruga ha desaparecido. Ahora está sentado ante el ordenador y sus dedos teclean a la velocidad de la luz. En lugar de llamar cabrón a su compañero y enfadarse, creo que ha encontrado la solución para esquivar sus derechos de patente. ¿Está bien tanta falta de maldad?

sábado, 1 de octubre de 2016

Alegría de vivir

Cuenta mi madre que cuando tenía 30 años y se vio por primera vez una cana, se puso a llorar. Yo creo que ya he tenido alguna, aunque es posible que lo haya confundido con un pelo rubio. He observado a mis hermanos y en sus cabezas se ha evidenciado las canas a partir de los 40 años. Sospecho que a mí me ocurrirá lo mismo.

Ayer paseaba sola hacia la Vega. Guille aún no había llegado. Era la primera hora de la tarde, si se piensa en el horario del verano. Aún vamos vestidos con mangas cortas y se pueden ver muchos short. Pero la luz ya es la del otoño. Era muy agradable caminar medio cegada por los rayos oblicuos del sol. Había una brisa ligera que mecía los álamos de la vereda del río, y el cielo estaba adornado por nubes blancas y altas, desgarradas, que se movían a mi misma velocidad.

Dentro de pocos días cumplo 35 años. Cuando cumplí los 25 me deprimí un poco. A esa edad mi madre ya había tenido todos los niños que había querido tener por voluntad propia, y yo ni siquiera tenía una pareja estable. Sentía que la vida se me escapaba y no podía hacer nada por retenerla. Ahora es todo lo contrario. Siento que vivo en este momento. Ya no espero con impaciencia ese hipotético momento futuro de una vida soñada y mejor. Puedo disfrutar con un paseo por un camino sobradamente conocido y puedo disfrutar haciendo un trabajo de una vivienda de pueblo semejante a mil más, trabajo que antes menospreciaba. Puede que me esté haciendo vieja. Tal vez debería ponerme a llorar, como hizo mi madre cuando se vio una cana por primera vez.