jueves, 8 de septiembre de 2016

Señores y criadas

Soy una pazguata. En este mundo aún hay muchas cosas que me asombran. 

Supongo, me temo, que la situación no habrá cambiado: casi todas las bases y recintos militares que conocí en mi infancia, tenían separadas las zonas de esparcimiento de los oficiales y los suboficiales, incluidas sus familias. Piscinas, cantinas, salas de juegos... todo duplicado para que los unos y los otros no se mezclaran. En los pocos lugares donde no se producía esta duplicidad de construcciones, sólo se debía a la falta de espacio o personal.

Estos días diseño una vivienda unifamiliar aislada en la costa de Málaga. Tres módulos: uno para los dormitorios, otro sala de estar-comedor y despacho y otro para la cocina, el lavadero y el dormitorio de la chica. La chica es una señora de unos 45 años, algo mayor que los promotores de la vivienda. 

Los tres módulos que componen la vivienda están conectados entre sí por pasillos acristalados, pero hace un momento (antes de ponerme a escribir) estaba colocando puertas secundarias a cada módulo para que la chica no tenga que atravesar las estancias y ser vista cargando los trastos de la limpieza o interrumpa con su presencia a quien está viendo la televisión o leyendo un libro tumbado en el sofá.

¿Existe algún otro trabajo donde se acepte y haga tan evidente la diferencia de clase social? 

miércoles, 7 de septiembre de 2016

Fénix

El calor no escampa. Cae en vertical al mediodía con tanta fuerza que hace daño. Nos empapa el rostro, la espalda, las axilas... Los goterones de sudor se pueden sentir resbalar por la piel desnuda al mínimo esfuerzo. 

Y mientras el calor aletarga incluso cuando ya ha llegado la noche, esta ciudad parece renacer de sus cenizas (puede que esa sea la razón del bochorno sofocante). Los estudiantes regresan poco a poco, una vanguardia que se convertirá en un ejército dentro de pocos días. Los establecimientos, los que no han sustituido directamente el cartel de vacaciones por el de Se alquila o Se vende porque aún quedan profundos residuos de la crisis, vuelven a su horario normal. Hasta se ven abiertos algunos bares pasada la media noche y transeúntes que regresan con pereza a casa. Y, lo más importante, ya se puede pinchar en la sección de eventos culturales de un futuro inmediato del Ayuntamiento de Granada sin toparse con un desolador erial. 

Siempre me gustó mucho esta época por las expectativas de renovación y de promesas, aunque hubo un tiempo, por tener que volver al internado y alejarme de mi familia, en la que no me daba cuenta de ello. 

domingo, 4 de septiembre de 2016

El baile de los murciélagos

Recuerdo con nitidez la primera noche que pasé al raso, aunque no sé ubicarla con exactitud en el tiempo. Ocurrió entre mayo y septiembre de 1988. Yo ya era atea, cosa que ocurrió el día de mi primera comunión, y mi padre seguía vivo. Su enfermedad lo había llevado a una de aquellas interminables estancias en algún hospital de Málaga o Granada, y a mi madre con él. Nosotros nos quedábamos al laxo cuidado de algún vecino que se pasaba por casa un par de veces al día para saber que no estábamos enfermos. De cualquier otro problema -como que hubiéramos quemado la cocina- se habrían enterado de inmediato porque vivíamos a escasos metros los unos de los otros. 

Aquella noche sacamos las hamacas de la playa y las extendimos en el patio. Aún queda una hamaca de aquellas en la casa de mi madre, de tubulares blancos y lona blanca y azul marino. Supongo que no teníamos la intención de pasar la noche fuera, pero lo hicimos, por pereza o porque queríamos estar juntos. Sin miedo, porque mi abuela nunca infectó a mis hermanos con sus historias de tormentas secas de verano y rayos que acaban con familias enteras que duermen a la intemperie por el calor, y yo aún no había pasado ningún verano a su cuidado. 

De aquella noche recuerdo la claridad con la que se veía la Vía Láctea y el vuelo de los murciélagos que parecía un baile con una estudiada coreografía: siempre a punto de chocar entre ellos o contra los objetos, sin hacerlo nunca.

El viernes por la noche, cuando salíamos de la casa de mi madre después de la cena, a eso de las once y poco, fue ella la que nos hizo darnos cuenta que ya apenas se ven murciélagos. Ha cambiado mucho la noche en muy pocos años a su alrededor. La gente de su zona ya no tiene la costumbre de sacar las sillas a la calle para tomar el fresco y conversar entre susurros. Las ventanas de las casas que antes permanecían abiertas de par en par para refrescar las estancias con el aire húmedo de los campos regados, ahora permanecen cerradas a cal y canto para impedir que el frío del aire acondicionado escape. El aroma de la fritanga de la cena ha sido sustituido por el olor mucho más tenue de las pizzas. Ni siquiera el destello de las televisiones encendidas es el mismo. Aquellos aparatos de fondo más grande que la pantalla, emitían parpadeos como un faro en mitad de una tormenta. Los aparatos de ahora, a pesar de sus tamaños semejantes a pantallas de cine, sólo son luces mortecinas incapaces de traspasar las cortinas más tenues. Sí se sigue escuchando el ladrido de algún perro a lo lejos, pero amortiguado por el estruendo de alguna unidad exterior que necesita silentblocks.

Duele

Duele. Tengo una luxación de espalda. Una lesión antigua, un accidente en la obra. Hace algunos años estuve a punto de caer al vacío. Me dañé la espalda y machaqué un dedo. Toda la mano se me inflamó, parecía que iba a explotar por culpa de la presión. Del daño en la mano no queda rastro. Ni siquiera recuerdo si fue la izquierda o derecha. La espalda sí me da por saco de vez en cuando. Ahora no es un dolor agudo; se trata sólo de un requeme, es la palabra que utiliza mi madre incorrectamente para referirse a un dolor persistente pero no fuerte. Anoche sí molestó más. parecía recibir un pinchazo con cada latido del corazón. Menos mal que mi ritmo cardíaco es lento. 

El dolor anula cualquier otro pensamiento.  Intento distraerme viendo un capítulo de una de esas series surcoreanas que me gustan tanto; pero la distracción se vuelve una molestia de inmediato. Prefiero el silencio. Incompleto. Guille ve la televisión en el dormitorio, con los auriculares encasquetados en los oídos, pero uno de mis vecinos tiene puestas las noticias a un volumen tan alto que me permite escucharlas con nitidez. 

Dos semanas de la desaparición de una chica en Galicia. Ya han sacrificado a la madre. ¿Será realmente culpable de algo? Confío en los jueces, pero también son humanos. Nadie volverá a devolverle completamente la condición de inocente, aunque se demuestre que lo es. 

El papa Francisco hace santa a Teresa de Calcuta. Una santa que creía conveniente que los enfermos sintieran dolor, según leí hace tiempo en un artículo. Tenía suficiente dinero para proporcionar analgésicos a sus clínicas, pero los racaneaba por culpa de sus creencias religiosas: el dolor santifica. 

En este momento yo santificaría al inventor del Nolotil. 

Conversaciones robadas: Delante del supermercado

Supermercado Mercadona de la Redonda, cerca de la calle Alhamar. Última hora de la mañana del sábado. Señora rumana pidiendo limosna, sentada a la sombra de una jardinera que hay en el patio delante del supermercado. Señora gruesa embutida en ropa elástica de deporte saliendo del supermercado cargando dos bolsas en cada una de sus manos. Chica con vestimenta musulmana entrando en el supermercado. Grupo de tres adolescentes espigadas (altas y delgaduchas), con un refresco en una mano y un trozo de pizza en el otro. 

Señora gruesa, alzando la voz para ser escuchada: Con el calor que hace y cubierta de pies a cabeza. 

Chica musulmana: Silencio (tal vez esté acostumbrada).

Una de las adolescentes: Más abrigan las orzas de manteca. 

Señora rumana: Chasquido con la lengua, como reprochando. Ignoro si a la mujer gruesa por meterse con la musulmana; a la adolescente por meterse con los kilos de más de la señora gruesa; con ambas por intolerantes; o con toda la sociedad por injusta.

jueves, 1 de septiembre de 2016

El sillón

Cuando era pequeña, en el porche delantero de la casa teníamos dos sillones muy pesados hechos con la madera de las cajas de armamento y tubulares cuadrados. Las maderas de los sillones estaban pintadas con colores muy brillantes. Azul los nuestros, rojos, naranjas o celestes los de las casas colindantes. Me gustaban aquellos sillones y su ubicación. Apoyaba la espalda en el asiento y el trasero en el respaldo y me tiraba infinitos minutos mirando las nubes desplazándose. Si alguien me veía, me gritaba: Que se te va a bajar toda la sangre a la cabeza. Pero no les hacía caso porque imaginaba que las consecuencias de írseme toda la sangre a la cabeza sería un géiser rojo brotando de mis fosas nasales, y eso molaba. 

Creo que esos sillones azul brillante y el sillón de lectura que tenía en el piso de Barcelona, han sido los únicos objetos que he echado de menos. Ni muñecos, ni peluches, ni almohadas, ni ropa... 

Mi sillón de lectura del piso de Barcelona era grandioso. Uno de esos sillones que esperas ver en la biblioteca de una película ambientada a finales del siglo XIX, de piel, un respaldo muy alto y orejeras. Es verdad que estaba viejo, pero eso lo hacía aún más apreciado. Mi índice, intuitivo e independiente, hurgaba en un agujero que tenía la piel en el brazo derecho mientras mi mente estaba perdida entre las páginas de algún libro. De vez en cuando reparaba aquel agujero para que el brazo del sillón, relleno de borra y espuma alrededor del esqueleto de madera, no terminara destripado del todo. 

Mi cuñada, que ha estado de okupa en nuestro piso durante unos meses, preguntó cuánto le costaba tapizarlo. Pero acaba de descubrir Ikea y vio que le salía más barato comprar uno nuevo. Ahora, donde estaba mi magnifico sillón, hay un armatoste que parece una tumbona y que al reclinarse en ella, sientes la necesidad de abrir la boca a la espera de la aparición de un dentista. 

Ya no leo ahí. Ahora lo hago sentada en el suelo, metida en el hueco que hay entre las estanterías y un pilar. Al menos, el nuevo sillón es bueno para echarse la siesta. 

Pereza

En una de las fotografías que más me gustan de mi madre, ella está rodeada por mis tres hermanos, en una época en la que yo aún ni siquiera era un óvulo en su cuerpo. Lleva a mi hermano pequeño cogido a horcajadas en su cadera derecha, su mano izquierda sujeta la muñeca de mi hermano mediano; con esa mano también agarra una cesta de mimbre de la que asoman algunas verduras, y mi hermano mayor está aferrado a la falda de su vestido, un vestido con un estampado muy bonito y elegante, de flores difuminadas, diminutas, verdes y moradas; la tela es brillante, como de seda. El color del vestido está en mi memoria, de haberlo visto colgado en su armario durante algunos años de mi infancia, porque la fotografía es en blanco y negro. Mi madre es una persona muy activa. Cuando cayó enferma por depresión, hubo mucha gente que no la entendía. En la cabeza de demasiadas personas no cabe la posibilidad que la voluntad se anule hasta el extremo de preferirse la muerte a seguir respirando. La acusaban de floja, de vaga, de perezosa. 

Por épocas, me aterra imaginar que estoy al borde de sufrir su misma enfermedad. Me ocurrió el domingo antes de salir para Barcelona. Esa noche me acosté temprano. Cuando desperté, no me apetecía salir de la cama. Me di una tregua. Fue como una desconexión, un salto en el tiempo que se tragó dos horas. Me di otra tregua... y otra. Estuve más de doce horas acostada. Mi tío Fermín me tranquiliza. Asegura que ahora hay fármacos más efectivos que cuando mi madre estuvo enferma. Y, además, lo mío no era depresión, se trataba sólo de pereza.